DOMINGA.– Hay atrocidades de las que el país se entera años después. Otras, tardan unas cuantas semanas en descubrirse. La de Alcozacán, Guerrero, ocurrió en tiempo real gracias a las redes sociales. Miles de personas, mientras nos reincorporábamos al trabajo y estudio después del festejo del Día de las Madres, supimos al instante que Los Ardillos, un grupo narcoparamilitar al sur del país, había puesto en marcha un plan para atacar y desplazar a un pueblo nahua y quedarse con los recursos naturales de la región.En mi caso, supe que esa pequeña comunidad en el municipio de Chilapa de Álvarez, en la región de La Montaña, al sur del estado, estaba bajo ataque con drones explosivos pasadas las nueve de la mañana del 11 de mayo, cuando Jesús Plácido, del Consejo Indígena y Popular de Guerrero Emiliano Zapata (CIPOG-EZ), mandó un mensaje a mi teléfono. Cada vez que lo hace directo, y no a través de un grupo de Whatsapp que compartimos, significa que algo violentísimo está ocurriendo en su estado.“Compa, ayúdame a darle difusión a esto”, me mandó por nota de voz. Y con sólo escuchar su tono trémulo, supe que era una petición de vida o muerte. “Ahorita mismo están masacrando al pueblo”. De inmediato envió un video: alguien, con la mano temblorosa, grabó drones explosivos volando sobre un pueblo de vegetación paradisíaca, mientras a lo lejos se escuchaban detonaciones de metralletas. Luego, una fotografía: una casa con paredes de ladrillo humeaba por el techo de lámina, porque había sido perforada por una granada arrojada desde el cielo.