Cuando la guerra llegó a Culiacán, la ciudad lo intuía desde hacía semanas. Todo el mundo esperaba que fuera en jueves, broma local, también en casa de Heidy Mares y familia –hija, hermana, madre, todas bajo el mismo techo– que tenían marcados a fuego los jueves fatídicos del calendario cercano: el del culiacanazo, el que detuvieron a Ovidio Guzmán, el que secuestraron al Mayo Zambada… Todas aquellas jornadas compartían, además, las tremendas expresiones violentas del crimen local, grupos armados vinculados al cartel de Sinaloa, la gran maquinaria productora y exportadora de drogas del norte de México.
Por eso, aquella mañana, lunes 9 de septiembre de 2024, Heidy y su hermana Mariana desayunaban tranquilamente antes de ir a trabajar. La primera, en el instituto que gestiona las pensiones de los maestros del Estado; la segunda, en una floristería del centro. Eran alrededor de las 6.45, la hora dorada. El barrio del Mercadito, canalla, ruidoso, calles con tienditas y picaderos de droga, prostíbulos decadentes y casas de cambio sospechosas, se desperezaba en una calma áurea. Y entonces, de repente, empezaron los balazos. Una ráfaga, otra y otra más. Aún no lo sabían, pero la vida se partía de nuevo por la mitad, una brecha que se abría bajo el aroma del café caliente.






