El Ministerio de Justicia instala Copilot a todos sus trabajadores; la Fiscalía tiene un proyecto piloto en seguridad vial; los abogados crean sistemas inteligentes adaptados para no fallar en juicio

Los más veteranos en el Tribunal Supremo todavía recuerdan cómo, con la llegada de la informática a finales de los noventa, hubo que poner una secretaria particular a los magistrados para que ellos pudieran seguir escribiendo las sentencias a mano y ellas las incorporaran al sistema digital. Dos décadas después, y con más mujeres togadas en el alto tribunal (la primera entró en 2002) todavía el papel cero está lejos de ser una realidad en muchos juzgados de localidades españolas, pero, paradójicamente, el futuro del futuro ya está aquí para revolucionarlo todo.

La Inteligencia Artificial (IA) ha llegado para quedarse en todos los ámbitos, pero si hay uno en el que tiene sentido que se introduzca, ese es el mundo de las letras, el mundo del Derecho. La IA es capaz de procesar, recopilar, ordenar y transmitir ingentes cantidades de información que a los jueces, fiscales o abogados les cuesta días encontrar, estudiarse o escribir. En un ecosistema compuesto por cientos de miles de disposiciones, reglamentos, leyes, tratados internacionales o sentencias, el campo de crecimiento de la IA asusta.