A veces, hay casas que brillan en la oscuridad de los sueños. Como una llamada solitaria al otro lado de la autopista. A Bruce Springsteen la casa de su padre en Nueva Jersey se le apareció en sueños, como cuando era un niño y los pinos crecían libres y altos. Aquello le llevó a componer ‘My Father’s House’, canción del inagotable Nebraska. A la madre de Guille Galván (Madrid, 1980), guitarrista y compositor de Vetusta Morla, se le aparecía la casa donde su hijo creció de niño con la familia en el madrileño barrio de Carabanchel. “Una casa a la que no habíamos ido en 40 años”, explica Galván. “Me contaba que soñaba de forma recurrente que tenía aún las llaves y tenía que volver a cuidar de la casa, regar las plantas…”. Y, a veces, los sueños anticipan señales, como un faro llamando en la noche. “La portada del disco iba a ser un collage con fotos de mi cara hecho por Susana Blasco, quien me citó en un estudio de una calle justo enfrente de la antigua casa familiar, la que se le aparecía a mi madre en sueños. Fue como una señal porque yo, encima, tenía que decidir ya el título del álbum y tenía en la cabeza uno que era un verso de la canción de Springsteen ‘My Father’s House’”. Movido por el impacto de la casualidad, Galván acabó la sesión fotográfica y llamó a su amigo fotógrafo Jero Álvarez. Le explicó que quería intentar hacerse unas fotos dentro de aquel edificio que habitó de niño. “Fuimos el 22 de diciembre, día de la lotería de Navidad, y nos metimos en aquel portal que apenas recordaba. Tiramos unas fotos y, entonces, decidí hacer como hace Bruce en la canción: llamar a mi antigua casa familiar y preguntar por mi padre. La mujer que me atendió me dio la misma respuesta que le dieron a Bruce y cuyo verso, increíblemente, era una de las opciones para titular mi disco”. El disco de Galván, el primero en solitario en sus más de 25 años de carrera, se titula Nadie con ese nombre vive aquí (Esmerarte). Las fotografías que se ven en interior son las que se tomaron el pasado 22 de diciembre cuando el músico regresó, tanto tiempo después, a la casa con la que soñaba su madre y en la que él guardaba sus primeros recuerdos musicales. “Mi padre cantaba y tocaba la guitarra en casa, lo hacía conmigo y con mi hermana. Canciones protesta de Paco Ibañez, Labordeta o temas famosos como ‘La bamba”, rememora Galván. “Algunas veces lo grabábamos con una Super 8. Y, por eso, en el videoclip del primer adelanto del disco, ‘En qué momento dudé de ti’, se me ve de niño cantando la canción de la serie de dibujos Érase una vez el hombre”. Con Nadie con ese nombre vive aquí, se puede afirmar que érase una vez una casa, la de Guille Galván brillando en la oscuridad a través de un catálogo de canciones que marcan una nueva senda para el guitarrista y compositor de Vetusta Morla, quien en esta obra recuerda a coetáneos como Quique González, Xoel López o Jero Romero. “Tenía la necesidad de proyectarme como músico en algo personal, generando un espacio más pequeño sin toda la maquinaria y la grandeza del grupo”, dice. “Por eso, tenía que jugar como a la contra de lo que es una banda”. Esa forma de jugar le ha llevado a componer canciones crudas y candorosas, sin artificios, que guardan una bella espiritualidad interna hasta ser frágiles y luminosas, como pequeñas velas. “Empecé a componer las canciones desde la necesidad de celebrar a la gente que me rodea. Referirme a todos los soportes familiares que he tenido desde mi familia original con mi madre, mi padre y mi hermana, hasta a mi mujer y mis hijos”, cuenta. De esta forma, las canciones fueron compuestas primariamente con tan solo guitarra y voz, grabadas en casa. “Nació como un disco de una persona en su habitación. La guitarra es la vía de tren por la que pasan las canciones, pero no he prestado mucha atención a cómo están tocadas las guitarras, pero sí al sonido y a la voz”. En el sonido, hubo que moldearlas en el estudio con más arreglos, “esos añadidos como si fuera la decoración de otros en mi propia habitación, bien fuera con una lámpara o una moqueta, pero nunca con la sensación de recargar o sentir que había muchos músicos”. De ahí surgieron las ideas de compañeros como Héctor G. Fazzo, Campi, David Soler, Marcel Bagés, Pablo Martín Jones o Carlos Raya. En la voz, el trabajo fue “más duro” porque empezó por superar los miedos de verse por primera vez cantando. “Siempre ha dado mucho pudor y me sigue dando”, reconoce. “Mi reto era encontrar mi manera de cantar porque aquí no está Pucho [vocalista de Vetusta Morla] para poner en práctica mis ideas”, añade con una sonrisa. Dio clases particulares y empezó a cantar las canciones pensando en personas concretas, como sus hijos. “Tenía la sensación de que tenía que encontrar una manera de comunicar. Siempre he pensado que tienes que creerte la voz que oyes”, reflexiona. Para todo ello, se fijó en músicos que le gustan por su estilo y que “no tienen una voz espectacular, pero llegan”. Cita artistas como Elliott Smith, Bob Dylan, PJ Harvey, Franco Battiato o Ángel Stanich. “Son gente que solo pueden contar las historias que cuentan por ellos mismos. Tienen mucha personalidad”. Este trabajo fue “más duro”, ya que tuvo que cantar. “Siempre ha dado mucho pudor”, reconoce. “Mi reto era encontrar mi manera de cantar, porque aquí no está Pucho”Dentro de una gran coherencia sonora y lírica, con canciones sobresalientes como ‘La botella’, ‘Los motivos’, ‘Túnel de la M-30’ y ‘Canción muralla’, Nadie con ese nombre vive aquí es un álbum muy elegante en lo íntimo, más narrativo que las canciones de Vetusta Morla, y abundante en ecos del Bruce Springsteen de Nebraska y del citado Elliott Smith. “Me gustan mucho los discos que parten de restricciones y tienen una línea argumentativa. Por eso, quería hacer un disco que fuera como encontrar la verdad de lo que quería hacer, lo real, y, para ello, pensaba en códigos de cine. Algunas canciones las pensaba como si una cámara fuera abriendo el plano”. La cámara de este álbum tiene “algo de fantasmagórico”. Hay una casa, la del músico, y abre el plano. La casa brilla en la oscuridad, como un parpadeo, como en un sueño. En esa casa vive Guillermo Galván, padre del músico, fallecido tras una larga enfermedad poco después de acabar su hijo su primer disco en solitario. También vive el autor de Nadie con ese nombre vive aquí. “Al llamarme como mi padre siento que todo es circular. Como si fuera un bonito homenaje al espacio familiar. A mi padre le dio tiempo a escuchar la versión cero de este disco”, confiesa Galván. Y, como si las palabras de su padre también fueran parte de la película en Super 8 que contiene este disco, añade con un nudo en la garganta: “Se emocionó y me dijo: ‘Gracias”. Nadie con ese nombre vive aquí Guille GalvánEsmerarte
Una casa que brilla en la oscuridad: el luminoso debut en solitario de Guille Galván
El compositor y guitarrista de Vetusta Morla publica su primer disco tras una larga carrera con el grupo. En él rinde homenaje a su padre y a la idea del hogar








