En casi todo el mundo, pero sobre todo en el mundo más rico y desarrollado, la reproducción está disminuyendo hasta niveles preocupantes. Las mujeres somos las artífices de este fenómeno. Hemos sido madres abnegadas por siglos, pero ya no estamos dispuestas a que las sociedades nos confíen su multiplicación sin asumir su cuota de responsabilidad.Recuerdo el shock que sentí cuando leí la novela de Aldous Huxley Un mundo feliz. En ese mundo futurista, la palabra “madre” ha pasado a ser un insulto, un mote peyorativo para mujeres sometidas. Los infantes son producidos de manera artificial y genéticamente modificados en categorías alfa, beta, gamma, delta o épsilon, según la función social que se les asigne. Afortunadamente, aún no hemos llegado allí, pero la imaginación de Huxley no andaba perdida. La maternidad es un ejercicio de humildad. Desde que nos quedamos embarazadas, las mujeres pasamos a ser sujetos de nuestros sabios cuerpos empeñados en su labor. Estar embarazada es observar un cambio autogenerado, en el cual no tenemos ninguna participación consciente. Impulsado por su propia necesidad de formarse, el ser que ha encontrado vida en nuestras entrañas crece y se desarrolla a su aire. Nosotras nos convertimos en crisálidas, habitación y paisaje de esas diminutas células reproduciéndose semana a semana y haciéndonos saber con sus movimientos y aleteos, que allí donde antes estaba nuestra panza, nuestro vientre, hay un inquilino absorbiendo de nuestra carne y sangre, todo lo que necesita para madurar y prepararse para emerger.Acostumbrada una a su cuerpo, ve de pronto surgir aquel bulto incómodo. No olvido cuando llegó el momento en que no podía verme los pies, en que me despertaba por la noche con ese ser tocando a mi más íntima puerta, acomodándose, estirándose. En nueve meses de intimidad uno llega a amar a ese ser desconocido. Un legado mítico y hormonal vive a través nuestro para darle preferencia en nuestros afectos. Nada se parece a esa fuerza repentina e inesperada de amar a la criatura que vemos salir de nuestra vagina, resbalándose en el sebo y la sangre de su viaje apretado, hasta ese grito, ese llanto que lo confirma vivo, capaz de respirar fuera del agua del saco amniótico. No tarda mucho quien es madre en darse cuenta de que ese ser salido de ella depende del cuidado; no puede vivir sin él. Necesita de quien lo alimente, acune y acepte que la naturaleza nos da hijos que no nos pertenecen, que son ellos y ellas mismas; contienen en sus pequeñas personas los hombres y mujeres que construirán el mundo futuro. Tendríamos que saber que la ciencia demuestra que el 90% del desarrollo del cerebro de un niño ocurre antes de los cinco años, siendo el periodo comprendido entre uno y tres años de edad particularmente vital para su crecimiento cognitivo. Los problemas durante la adolescencia y la edad adulta, con frecuencia devienen de una infancia manejada por padres, madres, parientes o cuidadores, que hacen lo mejor posible, pero a los que nadie ha preparado para esa enorme responsabilidad. La sociedad apenas invierte en esos años infantiles. Ahora mismo la huelga del personal de las guarderías refleja la poca valoración que existe para quienes están criando las futuras generaciones. Es un personal cansado, sobrepasado. Cada cuidadora se hace cargo de ¡ocho! niños de cero a tres años. ¡Sólo pensarlo desafía la imaginación! ¡Cualquier madre o padre dedicado a la crianza lo sabe! Pero la necesidad y la falta de presupuestos se impone. El personal de las guarderías, el sistema que existe para que las mujeres-madres cuenten con ayuda y puedan seguir perteneciendo al mundo laboral que les brinda reconocimiento y estímulo, recibe mucho menos atención estatal que otros sectores. Las personas encargadas de esa tarea reciben el salario mínimo; son mujeres a menudo precarizadas cuando tendrían que ser profesionales bien pagadas, con estudios y preparación suficiente para criar el semillero de esos futuros ciudadanos. Y, sin embargo, la sociedad no termina de asimilar esa noción. A las mujeres, por una tradición que sigue siendo aceptada, se les abandona a la tarea más difícil. La colaboración de los padres sigue siendo minoritaria. No es raro por tanto que las madres sufran depresiones posparto, o se sientan extenuadas. No es casual que, conociendo las experiencias ajenas, las de sus madres o tías o amigas, las mujeres rehúyan esa responsabilidad y rehúsen detener sus vidas cinco, diez años para dedicarse a un oficio no remunerado que les demanda la postergación de su yo. Tradicionalmente, los padres cargan con la responsabilidad de proveer los recursos económicos, pero muchas mujeres, actualmente, intercambiarían papeles con los hombres. Trabajar, crear, hacer producir sus ideas, funcionar en sus carreras profesionales es simplemente más estimulante y libre que pasar el día con una criatura cuyas necesidades imperativas no admiten sosiego. Son tiernas, adorables, dan muchas alegrías, pero es una tarea sin descanso.Las madres seguirán desapareciendo y los nacimientos disminuyendo, mientras la sociedad no reconozca esta realidad y no modifique de forma sustantiva su organización para atender la infancia de los seres humanos. Abundantes guarderías bien atendidas, con personal bien pagado y bien calificado, niños que reciban el bienestar y cuidado que los hará mejores seres humanos, más sanos y bien avenidos, eso cambiaría el futuro. No habría mejor uso del presupuesto de un estado que el que garantizara esa infancia protegida y cuidada, y esas madres y padres que sean felices siéndolo.