Italia siempre ha sido un campo de pruebas político, y el caso de Giorgia Meloni, al frente del Gobierno desde hace cuatro años y a uno de las elecciones, ofrece algunas lecciones sobre lo que puede suceder cuando la extrema derecha conquista el poder. La cultura suele ser un escaparate para el nacionalpopulismo y la extrema derecha, y es en este campo donde la primera ministra italiana ha pretendido desplegar sus ideas y dogmas sin las complejidades a las que obliga la gestión diaria, aunque los resultados son exiguos. Las campañas vociferantes y las proclamas antisistema han quedado en poca cosa, y han mostrado la vacuidad de un discurso, en extremo ideológico y polarizador. Meloni se impuso desde el principio como prioridad volcar su escala de valores en la educación, la televisión pública, el cine y la ópera. Una Kulturkampf en toda regla, una auténtica guerra identitaria en busca de la hegemonía cultural que teorizó el comunista Antonio Gramsci. En realidad, la primera ministra ha demostrado tal escasez de ideas y personalidades a la altura que acabó buscando referentes de renombre debajo de las piedras, hasta echar mano incluso del propio Gramsci, encarcelado por el fascismo. Meloni se encuentra en el peor momento de popularidad desde que llegó al poder. Sus mayores méritos son tener las cuentas en orden y haberse mantenido en el poder. No es poco, pero la economía está estancada y no ha hecho ninguna gran reforma. La dirigente italiana se ha limitado a seguir sumisamente a Trump hasta que ha comprendido que era intolerable incluso para sus propios electores, o a acusar a la inmigración de todos los males. Las guerras culturales, en este contexto, ofrecían una plataforma idónea. Pero no ha funcionado. El problema ha sido tanto de pobreza intelectual —uno de los máximos referentes de este mundo político era El Señor de los Anillos— como de una evidente falta de clase dirigente en un partido que nunca había gobernado y donde se premia la fidelidad por encima de todo. Uno de los ministros de Cultura de Meloni llegó a decir que Dante era de derechas. También ha sido palpable un espíritu de revancha de un sector político antes marginal que arrastraba un complejo de inferioridad por el pecado original de su origen ideológico, que acumulaba años de ninguneo y que clamaba contra una supuesta dictadura progre. El resultado ha sido un desfile de cargos incompetentes y nombramientos grotescos, con una gestión errática y coronada por un ideario que rozaba la caricatura, con las ideas de patria e italianidad llevadas a extremos cómicos. Parecía difícil empequeñecer el inmenso patrimonio de Italia, pero el Gobierno que se dice más patriótico parece empeñado en un esfuerzo por conseguirlo. Las guerras culturales siempre dejan desperfectos, pero, por suerte para Italia, este país y su acervo cultural están muy por encima de las veleidades de la extrema derecha y el nacionalismo.