Sentados en el parque, mirando teatro de títeres. Corren a garrotazos al engreído de Adorni cuando está por abordar un avión privado, comprar una propiedad más, o llevarse al bolsillo un fajo de dólares. No podemos parar de reír. De sentir pena por nosotros. Tanto que le pedimos, por favor, ándate de una vez, renunciá imbécil. En las sombras, al amparo del telón negro de fondo, vemos brillar ojos inyectados, relumbrar babas espesas, colmillos filosos, oímos carcajadas siniestras. En bambalinas se vislumbra el perfil del ex servicio de inteligencia Rodolfo Tailhade. Reaparece el impune Sergio Massa. Se escucha a Alberto Fernández. Sale un muñeco de trapo con corbata, parecido al ministro Mahiques. Le sigue otro que lleva toga de juez. Parecen distraídos. Les advertimos: ¡ahí, están ahí, Insaurralde, Tapia, Toviggino, siguen ahí! Da miedo la historia si no se tiene un poco de memoria. La democracia nació pidiendo Justicia a los gritos. En octubre de 1983, el test de orina popular que meó sobre la insepulta dictadura dio positivo de libertad con casi el 52% de certeza. Ese amoroso reencuentro electoral concebía un país posible. Sin temor a las amenazas, ni preservativos ideológicos, el voto radical de la mayoría confió en la ley del deseo. El polvo acabó con la trampa preparada por el siniestro pacto sindical-militar. Los forros querían aprobar la amnistía a los asesinos.
Promesas sobre el bidet
Sentados en el parque, mirando teatro de títeres. Corren a garrotazos al engreído de Adorni cuando está por abordar un avión privado, comprar una propiedad más, o llevarse al bolsillo un fajo de dólares. No podemos parar de reír. De sentir pena por nosotros. Tanto que le pedimos, por favor, ándate de una vez, renunciá imbécil. En las sombras, al amparo del telón negro de fondo, vemos brillar ojos inyectados, relumbrar babas espesas, colmillos filosos, oímos carcajadas siniestras. En bambalinas se vislumbra el perfil del ex servicio de inteligencia Rodolfo Tailhade. Reaparece el impune Sergio Massa. Se escucha a Alberto Fernández. Sale un muñeco de trapo con corbata, parecido al ministro Mahiques. Le sigue otro que lleva toga de juez. Parecen distraídos. Les advertimos: ¡ahí, están ahí, Insaurralde, Tapia, Toviggino, siguen ahí! Da miedo la historia si no se tiene un poco de memoria. La democracia nació pidiendo Justicia a los gritos. En octubre de 1983, el test de orina popular que meó sobre la insepulta dictadura dio positivo de libertad con casi el 52% de certeza. Ese amoroso reencuentro electoral concebía un país posible. Sin temor a las amenazas, ni preservativos ideológicos, el voto radical de la mayoría confió en la ley del deseo. El polvo acabó con la trampa preparada por el siniestro pacto sindical-militar. Los forros querían aprobar la amnistía a los asesinos.






