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Nadie duda a estas alturas de que las elecciones autonómicas del domingo suponen un antes y un después para la política nacional. Serán como una primera vuelta para Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo de cara a las elecciones generales, y marcarán el ritmo de lo que queda de legislatura.

El PSOE celebró ayer una reunión no agendada de su Ejecutiva en un intento de mostrar normalidad ante las pésimas encuestas que se han ido publicando sobre los resultados de las elecciones autonómicas en Andalucía. Curiosamente, no asistieron ni Pedro Sánchez, que tampoco tenía agenda pública, ni María Jesús Montero. Tuvo que presidir la secretaria de Organización, Rebeca Torró, que había sustituido en su día a Santos Cerdán y éste a José Luis Ábalos, ambos procesados por corrupción. Y luego dio la cara la portavoz de Ferraz, Montse Mínguez, que afirmó como si se lo creyera que "no hay encuesta que nos desmovilice y nos haga desanimarnos. Seguiremos peleando cada voto en cada rincón, cada ciudad, cada pueblo para explicar que otro modelo de gestión es posible en Andalucía". Y apeló al espíritu de la remontada. Pero la realidad es muy diferente. Todas las fuentes consultadas insisten en que el partido está en alerta máxima ante el posible nuevo batacazo electoral que puede sufrir el próximo domingo en Andalucía. En estos momentos, el único objetivo razonable es no quedar por debajo de los 30 escaños obtenidos por Juan Espadas en 2022, el peor en la historia de los socialistas. Pero las encuestas indican que Montero se quedará por debajo de esa cota.