Hace unos meses firmé un contrato mercantil que me proporcionó más alegría de la habitual, que ya es bastante. ¿El motivo? Una cláusula me comprometía a no usar IA en la escritura del guion que se me encargaba. Mi abogado —y el de tantos guionistas—, el experto en propiedad intelectual Tomás Rosón, añadió al documento una obligación equivalente para mis pagadores: la productora no alimentaría ningún tipo de IA con mi trabajo. Aceptaron sin inmutarse. Me alegró mucho, por lo que supone de contraintuitivo sobre el sistema, esclavo de la productividad, y porque se trata de una compañía hacedora de series de éxito, no son debutantes idealistas. Me aferro a esta pequeña esperanza mientras compruebo a diario cómo se tambalea el sector. Cómo otras empresas no tienen esos escrúpulos. Cómo desde tantos frentes quieren convencernos de que la integración de la IA en el trabajo creativo es inevitable y de que es solo una herramienta. Cómo en España aún no hay legislación que nos proteja. Cómo unos cuantos compañeros, entre el miedo, el oportunismo, la comodidad y el falso dilema —“si no la usas tú, te adelantará por la derecha alguien que la use”—, la utilizan sin remordimiento alguno. Por ahora, la mayoría de los guionistas somos contrarios a la intromisión de la IA en nuestro trabajo, quedó patente en la última huelga del sector en Estados Unidos. Tenemos muchos motivos de peso para negarnos a esta injerencia, entre ellos el robo de propiedad intelectual que la sustenta. Pero creo que el primordial es otro: el amor por nuestro oficio. ¿Por qué íbamos a querer que algo nos quite el pan a la vez que nos hurta la satisfacción de la escritura? ¿Por qué íbamos a aceptar como propia una sucesión de palabras o de ideas ajenas? No queremos ser supervisores del resultado proporcionado por un modelo de lenguaje –sea una chapuza o una obra maestra–, algo que ya están sufriendo programadores, traductores, redactores y tantos otros. Incluso en los bretes en los que tantas veces nos colocan las historias, disfrutamos. Gracias a ellos, aprendemos. Por fortuna, tenemos una voz más allá de la individual y la sindical: la artística. Esto viene al caso porque tres días antes de que The Comeback terminara su temporada final, centrada en la IA, Hacks se ha marcado un magnífico episodio sobre el tema que bien vale una temporada entera. Fracasar una y otra vez es lo que la ha hecho ser quien es, acaba concluyendo Deborah Vance. De fracaso en fracaso, hasta la palabra final.
De fracaso en fracaso, hasta la palabra final
Tenemos muchos motivos de peso para negarnos a la intromisión de la IA en la escritura de guiones, entre ellos el robo de propiedad intelectual que la sustenta. Pero creo que el primordial es otro: el amor por nuestro oficio









