Alberto Guerra posa para ICON vestido de Dolce & Gabbana.MAX MAIRLa familia de Alberto Guerra (La Habana, Cuba, 43 años) emigró a México cuando él era apenas un adolescente, pero los caminos de la vida le han conducido a aprender a bailar chachachá en Japón. “Irme allí a que me enseñaran salsa, mambo, tango y chachachá, siendo yo cubano, fue una experiencia loquísima. Un choque de culturas maravilloso”, resume. El actor presentó a principios de este año en el festival de Sundance la película Ha-chan, Shake Your Booty!, drama romántico ambientado en el mundo de los bailes de salón que ha rodado en Tokio y protagonizado junto a Rinko Kikuchi, nominada al Oscar en 2007 por Babel. Además de cosechar excelentes críticas y de que su responsable, Josef Kubota Wladyka, se hiciera con el premio al mejor director, Ha-chan es la primera película enteramente en inglés de Guerra, que también estrena este mes de mayo, en la cadena estadounidense Peacock, la serie M.I.A., una intriga criminal del creador de Ozark (2017-22). “Da mucho orgullo imaginar cómo se lo tomaría el Albertito de seis años en La Habana, corriendo descalzo por el malecón mientras llovía, si yo le contara”. 2026 apunta a el año el año de Alberto Guerra, por su salto a Hollywood y por consolidarse como uno de los rostros latinoamericanos de moda. Precisamente, se ha convertido en el primer embajador latino de Dolce & Gabbana para el perfume The One, de cuya campaña es imagen junto a nadie menos que Madonna. Un minuto de anuncio donde el intérprete y la estrella encarnan a una fogosa pareja, en aparente crisis por la irrupción de una tercera persona, ha vuelto a poner el foco sobre la llamativa amistad entre el actor y la cantante, a quienes se ha visto públicamente juntos en desfiles, sesiones de fotos como la de hace dos años en la revista inglesa Re-Edition e incluso algún concierto. “Cuando vino ella a México, me invitó a que subiera al escenario y mi primera respuesta fue: ‘¡No hay manera en el mundo!’. Yo no le canto ni a la regadera porque se va el agua, para que me entiendas”, declara. “Pero mi mujer [la también actriz mexicana Zuria Vega] y mis hijos no dejaron que me negara. Fue uno de los momentos de más nervios de mi carrera completa, estar en un escenario frente a 80.000 personas. ¡Yo pertenezco a un set, con los freaks!”. Así, en lo relativo a rodar sus escenas de alto voltaje con Madonna en el anuncio de Dolce & Gabbana, las tornas se volvieron. “¡Es Madonna, cabrón! ¡Es un icono histórico y mundial! Pero, cuando entramos en un set, estamos también en mi territorio. Entrar en un set da nervios, no tanto con quién entras. Puede sonar mamón lo que estoy diciendo, pero para mí es la única manera de abordarlo con honestidad. Si yo permito pasar esta idolatría que yo tengo o que me imponga su presencia, dejo de ser un personaje y sigo siendo Alberto Guerra”. El tema de la sensualidad, cuando uno está allí, también cambia. “No es íntimo. Hay un camarógrafo con una cámara que hace un ruido espantoso, porque además rodamos en film, no en digital, hay un director al lado con un monitor, hay varias personas viéndote, maquillaje entrando… La magia del cine es que, como espectador, te parezca lo más íntimo del mundo. Todo lo que tiene que ver con la sensualidad o el erotismo es sumamente incómodo en cualquier set, no importa si es un cortometraje de la universidad, si es Griselda [2024] con Sofía Vergara o si es The One con Madonna”. Dirigida por el prestigioso fotógrafo turco de moda Mert Alaş, la pieza es un homenaje al cine italiano que, además, cuenta con una versión del clásico La Bambola, de Patty Pravo, cantada por Madonna. “Yo nací en el otro lado del mundo, en el Caribe, no tengo nada que ver con eso. Sin embargo, creo que el cine italiano tiene mucho del descaro del italiano, con el que me identifico muchísimo”, certifica. Esos puentes culturales han ayudado a tenderlos los propios Domenico Dolce y Stefano Gabbana, con quienes afirma que mantiene muy buena relación desde “los últimos dos o tres años”, cuando se hizo amigo de la firma. “Hablo con ellos desde política hasta procesos creativos, de si fumar o dejar de fumar, ¡de muchas cosas!”. ¿Y con Madonna, de qué habla? En la primera portada que protagonizaron juntos, para Re-Edition, la artista enumeraba: “De surrealismo, Dios, comunismo, montar a caballo, Confessions On A Dance Floor [su álbum de 2005], Gabriel García Márquez, Rajastán, malos tatuajes y mambo versus salsa. Lo demás no es asunto suyo”. Guerra, por suerte, es menos cortante: “Con una persona tan grande, sabemos lo que públicamente ella ha querido que sepamos. Cuando me invitó a hacer la portada, que fue gracias o por culpa de Griselda, para mí era una gran oportunidad de conocerla y colaborar, sin ninguna expectativa. A veces, uno colabora dos semanas con una persona maravillosa y no la vuelve a ver. Pero empezamos a conectar, a ver que una persona que creció en Nueva York en los ochenta y otra persona que nació en Cuba en los ochenta tenían mucho más en común de lo que creían. En algún momento, dejó de ser Madonna para ser una persona con la que yo estaba sentado comiendo un sándwich, en chanclas, ¡porque yo no me veo todos los días como en la campaña de Dolce & Gabbana! Cuando tienes a alguien enfrente con una cultura general tan amplia como Madonna, con la que hablas de poesía, cine, Latinoamérica, música, política, es muy difícil no conectar. Puedes hablar de lo que sea, sabe de casi todo. Si no sabe de un tema, investiga y la próxima vez te dice 19 datos más de los que tú le habías dicho”. Vivir en diferido experiencias cubanas no se ha limitado, para Alberto Guerra, a su tardía formación en bailes propios de la isla. Para el rodaje de la serie M.I.A., ha tenido que residir durante unos meses en Miami, destino frecuente de la migración cubana por la cercanía entre la ciudad portuaria del Estado de Florida y el país caribeño. “Es curioso que, 30 años después [de salir de Cuba], me haya encontrado viviendo en Miami. También me tocó compartir escenas con Edward James Olmos, uno de los grandes iconos latinoamericanos en Hollywood”, se congratula. Con el entusiasmo con el que lo relataría un niño, el actor cuenta que se lo pasó especialmente bien preparando las peleas. “Me divertí cabrón haciendo eso”, admite. “Había un chingo de acción y, ya que los gringos tienen un montón de plata para hacer series, tienen todos los juguetes habidos y por haber”. M.I.A. es una serie de ficción, a diferencia de las producciones previas por las que había adquirido notoriedad, como la mencionada Griselda, su gran éxito, o Narcos: México (2018-21), enmarcadas en ese subgénero al que se ha bautizado en los últimos años como narcodrama. A Guerra no termina de agradarle el término, por sentir que encasilla lo que realmente él ve como “historias humanas” más complejas. “Durante la pandemia, Estados Unidos sacó ochenta y tantos documentales de asesinos seriales y se volvió una moda. Todos los asesinos seriales de Estados Unidos fueron representados, pero a eso no se le da un foco, se pone el foco en que nosotros estamos haciendo lo del narco”, lamenta. “En Latinoamérica, en las últimas décadas, hemos tenido una historia de violencia que hay que retratar también. Eventualmente, cambiará y será otra la narrativa que impere. Pero, igual, cuando hizo Iñárritu Amores perros (2000), ese retrato de lo más sórdido del mundo latinoamericano, que no tenía tanto que ver con el narco, pero sí con esta subcultura ilegal y de pobreza extrema, se explotó artísticamente desde Tijuana hasta la Patagonia. Son retratos temporales y momentáneos de unas realidades”. De Griselda, lo que le interesó no fue solo la temática, sino la evolución de su personaje, Darío Sepúlveda, tercer y último esposo de la poderosa narcotraficante colombiana Griselda Blanco. “Hemos visto millones de historias de hombres a los que la vida les cambia cuando se casan y son papás. El arco de él era el de un ser humano involucrado en una actividad criminal y lo que sucedía cuando se enamoraba”, explica. “Griselda es la historia de una mujer empresaria que, de la nada, en un mundo de hombres, crece y se acaba convirtiendo en lo que más odia. Cuando la ves así, da igual si está basada en Wall Street, en el mundo del narco o en el de la moda”. Ese tipo de trama, de persona hecha a sí misma que acaba tirando su vida por la borda, seduce especialmente al actor, para el que un papel soñado, dice, sería el de Tony Montana, el protagonista de El precio del poder (Scarface) (1983) al que encarnó Al Pacino. “Hay dos personajes cubanos maravillosos escritos, uno es Tony Montana y el otro es Reinaldo Arenas, que hizo Javier Bardem [en Antes que anochezca (2000), primera nominación al Oscar del español]. Tony Montana me fascina por la maravilla de ver a un balsero salir, tener una visión, lograrlo todo y después perderlo. Representa cómo somos capaces de conseguir lo que nos proponemos y, en la mitad de tiempo, perderlo. No creo que vaya a suceder, porque Pacino es inmejorable, pero si se hace, ¡yo levanto la mano!”. Con una carrera generosa también en telenovelas, así como otras series de Netflix, como Ingobernable (2017-19), donde compartió pantalla con Kate del Castillo y Maxi Iglesias, Guerra, que durante toda la entrevista exhibe un marcado acento mexicano, asegura que ya ha logrado uno de sus grandes propósitos: el de no ser percibido profesionalmente como alguien de fuera en su país de residencia. “No quería ser un outsider, quería ser uno más y poder hacer los personajes que he hecho, como el comandante Benítez en Historia de un crimen: Colosio [2019] o El Mayo Zambada en Narcos, ambos personajes reales mexicanos. Pero hay un chip extraño por el que, en el momento en el que se me atraviesa un cubano o nacionalidades caribeñas cercanas en acento, me vuelvo muy, muy cubano”, reconoce riéndose. Eso no significa que pretenda, en lo más mínimo, renegar de sus raíces. De hecho, el intérprete vuelve a Cuba con frecuencia y su madre se instaló recientemente de nuevo en el país, a fin de pasar allí sus últimos años. “Cuanto más viejo me hago, más cercanía siento”, reflexiona. Guerra dice que también le encantaría rodar allí, aunque “desde el punto de vista político e industrial”, confiesa que lo ve difícil. “Una vez Gael García Bernal me habló del extranjerismo como forma de vida. Nunca se te olvida de dónde vienes, pero haces tuyo el lugar donde estás. Yo amo México profundamente y lo conozco muy bien, pero eso nunca le quitó el espacio de amor, arraigo y pertenencia que tengo con Cuba. Al final, eso es ser migrante”.
Alberto Guerra: “Ser migrante es que nunca se te olvida de dónde vienes, pero haces tuyo el lugar donde estás”
Nacido en Cuba y establecido en México, el actor ya era una estrella en el circuito latino. Este 2026 ha estrenado campaña con Madonna para Dolce & Gabbana y debuta en Hollywood









