El silencio en la adolescencia desconcierta a muchos padres, que lo interpretan como distancia o pérdida del vínculo. Sin embargo, los expertos coinciden en que, en la mayoría de los casos, es un proceso necesario en la construcción de la identidad

Hay un momento que muchos padres viven con especial desconcierto: cuando ese hijo que antes lo contaba todo empieza a refugiarse en el silencio o en respuestas monosilábicas. El niño previsible se vuelve un extraño y surgen preguntas inevitables: qué le ocurre, en qué momento se ha producido el cambio y si se ha cometido algún error en...

el camino. Lejos de ser un fenómeno aislado, este repliegue forma parte de una transformación más profunda. “No es solo que hable menos, es que deja de necesitar contarlo a los padres, y eso suele vivirse como una pérdida”, explica la psiquiatra Lucía Torres Jiménez, directora médica de Tranquilamente, centro privado de salud mental en Madrid. Sin embargo, añade, ese silencio no es un vacío: “No es distancia sin sentido: es un cambio de posición”.

Durante la infancia, la relación entre padres e hijos se articula desde una dependencia total. “El niño no solo depende de sus padres para sobrevivir. También los percibe como referencia absoluta”, señala Torres. Esa estructura, necesaria en las primeras etapas, se resquebraja con la llegada a la adolescencia, cuando el joven comienza a pensarse a sí mismo como un sujeto independiente. En ese proceso aparece un elemento clave: la caída de la idealización. “El padre o la madre deja de ser esa figura situada por encima y pasa a ocupar el mismo nivel simbólico”, apunta la psiquiatra. Y esa transformación tiene consecuencias directas en la comunicación: si el adolescente ya no necesita esa referencia absoluta, tampoco necesita compartirlo todo como antes.