La presencia tranquila de la familia, incluso cuando los jóvenes parece que no la necesitan, se convierte en un refugio emocional que les ayuda a atravesar una de las etapas más complejas de la vida
“Estoy bien, no me pasa nada”. Muchos padres y madres escuchan esta respuesta cada día cuando preguntan a sus hijos cómo están. A veces, la contestación llega con un encogimiento de hombros; otras, mientras mira el teléfono móvil o cierra la puerta de su habitación. Pero detrás de ese “bien” puede esconderse algo difícil de compartir:<...
a href="https://elpais.com/mamas-papas/familia/2021-10-22/como-quieres-recordar-la-adolescencia-de-tus-hijos-existe-una-buena-razon-por-la-que-no-discutir-a-todas-horas.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/mamas-papas/familia/2021-10-22/como-quieres-recordar-la-adolescencia-de-tus-hijos-existe-una-buena-razon-por-la-que-no-discutir-a-todas-horas.html" data-link-track-dtm=""> una sensación de soledad que hace daño y produce mucha incerteza e inseguridad.
La adolescencia es, por definición, un momento de transformación. Es un periodo complejo: el cuerpo cambia, la identidad se construye, las emociones se intensifican y las relaciones se vuelven esenciales. En medio de esta convulsión de cambios, algunos adolescentes experimentan un aislamiento emocional que no siempre se traduce en soledad física, pero sí en desconexión interna. Aunque muchos están rodeados de amigos o inmersos en las redes sociales, pueden sentirse incomprendidos o invisibles.






