La adolescencia es una de las etapas más complejas y significativas en el desarrollo de una persona. Un período evolutivo de transición de la niñez a la edad adulta repleto de cambios físicos, cognitivos, psicológicos, emocionales y sociales que generan mucha inestabilidad e inseguridad. Una época vital de exploración, de contradicciones y conflictos internos, emociones intensas y muchas nuevas experiencias. El adolescente, a través de la relación con su entorno y con su grupo de iguales, construye su nueva identidad, define sus valores y comienza a trazar el camino hacia la autonomía. Empieza a exigir libertad, a tomar sus propias decisiones y hacerse responsable de ellas. En este proceso, las influencias externas cobran un papel fundamental, pero también lo hacen los vínculos familiares que, aunque en ocasiones parecen quedar en segundo plano, siguen siendo un pilar en su desarrollo personal, social y emocional.

Aunque el joven no siempre lo exprese o muestre pereza de ir a visitar a sus abuelos, sigue necesitando de su presencia, escucha y afecto, como cuando era niño. En medio de la convulsión de cambios y desafíos propios de la etapa, un buen vínculo con los mayores de la casa ofrece a los nietos mucha estabilidad y conocimiento. Gracias a su experiencia de vida y al tiempo que pueden dedicar, los abuelos transmiten valiosos aprendizajes que enriquecen el desarrollo del joven y aportan sentido común a sus conductas. Transmiten valores esenciales como la tolerancia, el respeto o la paciencia y ayudan al joven a tomar mejores decisiones. Hoy, 26 de julio, se celebra el Día de los Abuelos, una fecha que es un reconocimiento a su figura e importancia en la vida familiar.