Blanca Escribano | València (EFE).- Raúl tiene 26 años y estudia repostería; Nacho tiene 29 y es periodista, y ambos comparten tener una enfermedad renal que les ata cuatro horas diarias tres veces por semana a un hospital para la hemodiálisis que marca su desarrollo personal y también el laboral: «Una jefa me pidió que si podía dejar de ir a diálisis para trabajar», revela Nacho a EFE.
Para Raúl Heredia, las palabras «enfermedad renal» y «diálisis» ya eran viejas conocidas cuando las escuchó en una revisión médica. Antes que él, su hermano había recibido el mismo diagnóstico: poliquistosis renal, una enfermedad genética hereditaria caracterizada por la formación de múltiples quistes en los riñones. «Yo tenía 15 años y, desde ese momento, ya me pasaron a la lista de espera para el trasplante», cuenta en una entrevista con EFE.
En cambio, Nacho Monrabal las escuchó por primera vez cuando, al hacerse una analítica «normal», le detectaron que padecía glomerulonefritis C3 causada por una enfermedad autoinmune. Tenía 19 años y una estancia Erasmus que tuvo que cancelar en tres semanas: «Fue el primer sacrificio, la primera vez que dije: ostras, esto me va a condicionar la vida», admite.
En el caso de Heredia, el trasplante de riñón llegó antes que la diálisis y, a los 17 años, mientras estudiaba un grado medio de informática, le trasplantaron en el hospital La Fe de València.






