Expertos y aficionados analizan el creciente furor taurino alimentado de ideología entre la generación Z, ante el ciclo taurino de Madrid que arrasa en taquilla
17.45 del pasado 1 de mayo. Línea 9 del metro de Madrid. Dos jóvenes veinteañeros mantienen una encendida conversación que los aísla del resto de los viajeros. No discuten, simplemente intercambian opiniones. La sorpresa surge cuando el tren llega a la estación de Núñez de Balboa y ambos se acercan a la puerta de salida. ¡Están hablando de toros! “¿En tu opinión, cuáles son los criterios que se deben cumplir para un indulto?“, pregunta uno de ellos. Salen y siguen con sus historias taurinas. Detrás, otra pareja de la misma edad se encamina hacia la línea 5, en dirección a la estación de Ventas. Van a los toros, sin duda; las almohadillas que llevan en las manos los delatan.
Ambas escenas son tan reales como insólitas se antojan en pleno siglo XXI. Que cuatro hijos de la generación Z sean seguidores de un espectáculo supuestamente rancio, cruento, que escenifica la muerte de un animal a la vista del público, denostado por la progresía y gran parte de la escena política, y contrario supuestamente a los valores que la juventud parece destinada a defender, no deja de ser una sorpresa morrocotuda y un misterio complicado de resolver.






