Nota beneLos toros perviven por ser un residuo de vitalismo dionisiaco en un mundo crecientemente organizado por esa raz�n ilustrada que busca expulsar el sufrimiento in�til del mundo El diestro Pablo Aguado, en la Feria de San Isidro.EFEActualizado S�bado,

mayo

23:10Audio generado con IATermina en Madrid la Feria de San Isidro, la feria taurina m�s importante del orbe (la Plaza de las Ventas, tengo o�do a Orson Welles, es como La Scala en el mundo de la �pera). Yo no me he enterado de nada porque, como la mayor parte de los espa�oles, no voy a los toros, y el admirable lenguaje de las cr�nicas taurinas me resulta esot�rico. De toros, en fin, no s� y, por si acaso, prefiero no saber: para una parte de mis amigos, los toros son un placer, y para otros, un problema -la vida se reparte en estas dos provincias- y yo he llegado a mis cuarenta y pocos con ambos cupos cerrados: no me cabe ni un problema ni un placer m�s. Entonces uno lee la columna de mi compa�ero de p�gina Manuel Arias Maldonado (Sobre la persistencia de la fiesta nacional, 9 de mayo) y siente el aguij�n de la mala conciencia. Porque una cosa es no sentir curiosidad por los toros, y otra m�s grave no sentir curiosidad por uno mismo: ir por el mundo sin preguntarse: oye, �y yo qu� pienso de esto? Mi punto de partida en la materia es un lejano di�logo de un verano en Ginebra aprendiendo franc�s. Mi profesor era un ginebrino joven que volv�a de los sanfermines, donde hab�a visto por primera vez una corrida. El espect�culo le hab�a parecido �salvaje�. Como me vio azorado e improvisando t�picos exculpatorios de mis compatriotas, corri� a aclararme que no lo dec�a con �nimo de censura: �salvaje� era para �l m�s sin�nimo de honesto que de cruel, y la corrida una vivificante comparecencia de lo real que le hab�a hurtado su educaci�n calvinista. Entend� entonces que los abolicionistas no yerran en sus argumentos, sino en la jurisdicci�n. Ante el tribunal de la raz�n, tienen la discusi�n ganada desde Jovellanos. Pero los toros perviven por ser un residuo de vitalismo dionisiaco en un mundo crecientemente organizado por esa raz�n ilustrada que busca expulsar el sufrimiento in�til del mundo. S� que los taurinos disponen de un arsenal de argumentos de todo tipo para justificar su afici�n -de la ecolog�a ganadera a la sublimaci�n art�stica- pero a m� me basta para explicar mi tolerancia saber que los toros son un estilizado recordatorio de que la vida tiene un fondo tr�gico que la raz�n ilumina y amortigua pero no erradica. Lucha, riesgo, sufrimiento, sacrificio y muerte son parte de la vida. Uno puede no ir a los toros y aun as� sospechar que en esa plaza se representa algo que no tiene otro escenario en el mundo moderno, como me hizo entender el ginebrino. Y que suprimirla no resolver�a la tensi�n entre raz�n y vida sino que simplemente la dejar�a sin sitio.