Los ritmos audiovisuales han cambiado, y ahora cualquier filme que tenga unos años parece mucho más lento, tanto para los niños de ahora como para los niños que fuimos

Lo bueno de tener una infancia con poca oferta de ocio es que los niños de los ochenta y noventa crecimos todos con los mismos referentes. Nuestros hijos ahora pueden tirarse media hora mirando menús de plataformas para elegir una serie o una película y, al final, acabar estresados con tanta oferta. Nosotros teníamos suerte si en verano o por Navidad se estrenaba alguna película mínimamente interesante que pensara en nosotros como público principal. Por lo tanto, es normal que los cuarentones queramos transmitir a nuestros hijos la magia que vivimos con esas historias de niños en bicicleta, aventurillas con misterio y unos filtros de supervisión adulta muy benignos.

Es maravilloso imaginarnos que nuestros hijos aplaudan y se emocionen en los mismos momentos que nosotros. Estás esperando a que alguien cruce volando por delante de la luna o suelte alguna frase icónica que has repetido mil veces para mirarles y decir: “¿A que el cine es maravilloso?“. Pero no siempre se produce este asombro cuando revisitamos nuestra infancia cinéfila en familia.