Usar un antropónimo para llamar a las voces tecnológicas nos conduce a imaginar tras ellas a una persona
El nombre propio constituye la base de las civilizaciones. Sin él careceríamos de personalidad jurídica, de propiedades inmobiliarias, de herencias. Y también de obligaciones. Sin el nombre propio no podrían existir Hacienda, ni el Registro Civil, ni los derechos de autor. Las sentencias no condenan en realidad a una persona, condenan a su nombre....
Desde el primer antropónimo del que hemos tenido noticia (el de Kushim, contable sumerio de hace unos 5.000 años), el nombre propio se ha asociado con la responsabilidad de nuestros actos y también con nuestra condición de seres individuales, distintos de los demás.
Los inventos de inteligencia artificial dotados de voz nos llegan de origen con un nombre. Decimos “Alexa” (Amazon) para pedirle algo al sistema, y sabemos que Siri (Apple) nos habla para conducirnos por las calles. También escuchamos a Aura (Telefónica), y a Irene (Renfe), y a Sara (Correos). Voces de mujer con las que algunas personas conversan más allá de las consultas sobre el servicio. Sus creadores dijeron que esa apariencia femenina evoca la amabilidad; aunque por nuestra cuenta podamos maliciarnos que vincularon lo femenino con una posición subalterna, más dispuesta a recibir órdenes.







