Los nuevos barrios periféricos, PAU y urbanizaciones, son con frecuencia lugares agrestes que fomentan el individualismo, en contraste con la mezcla de usos y roce social que se da en los barrios tradicionales
Conocí a un urbanista que me dijo: “Nos hemos olvidado de construir ciudades”. Se refería a la odiosa comparación entre los centros urbanos, o incluso los cinturones obreros (una ciudad densa, con mezcla de usos y de gentes, con bares, con tiendas, con cierto ajetreo), y los nuevos desarrollos periféricos....
En el borde de las ciudades hemos construido esos páramos de grandes bloques, de calles anchas, sin bajos comerciales, en los que hay un sitio para dormir, otro para comprar y otro para trabajar. El coche para casi todo: su motor es lo único que rompe el silencio sepulcral. Son como almacenes de gente. Los PAU, las grandes urbanizaciones, todo a una escala mastodóntica y un ambiente solitario que tiene poco que ver con eso que llamamos vida humana. Elon, atiende: los futuros colonos de Marte deberían entrenarse ahí.
Cuando he paseado por los PAU he estado al borde de la muerte: a veces por el sol, a veces por el viento, a veces perseguido por un perro entre los descampados. Parecía recorrer aquellos páramos desiertos del Romanticismo y mi vida tan trágica como se le presupone a esos escenarios. ¿Pero cómo va a ser acogedor un lugar que responde al nombre de Programa de Actuación Urbanística? Como con un primo mío, la cosa empezó mal desde el bautizo. Aunque no todo el mundo piensa igual: “¡Vivir en plena Gran Vía no es vida!“, me dice un compañero.






