Un viaje por este departamento francés en la esquina oeste de la región de Bretaña entre faros, senderos, aldeas, playas de arena fina y blanca y costas donde las leyendas marcan aún la identidad

El Imperio Romano era tan grande que tenía dos finales del mundo. Uno estaba en Hispania: es el Fisterra gallego, finis terrae de las tierras conocidas hasta 1492. El otro se ubicaba en el extremo occidental de la Galia y también era finis terrae. Es el actual Finistère, hoy departamento francés en la esquina oeste de

et.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/elviajero/lonely-planet/2025-03-27/un-recorrido-por-los-faros-y-las-islas-de-bretana-el-destino-que-sedujo-a-monet.html" data-link-track-dtm="">la región de Bretaña. Como el gallego, este Finistère bretón es tierra de cultura celta, de cielos nubosos, de rías y mareas, de gran tradición marinera, de mucho marisco (aquí priman las ostras) y de una fuerte identidad, fruto del aislamiento.

He viajado muchas veces por esta región francesa de alma salvaje, de acantilados y faros, enfrentada al océano y tan alejada del refinamiento parisino. En esta ocasión, quiero explorar una parte de su costa norte, la que llaman Costa de las Leyendas, donde el paisaje litoral no está definido por esos grandes acantilados que sí aparecen en las Côtes-d’Armor o en la península de Crozon. En la Costa de las Leyendas los mullidos prados verdes llegan hasta las playas de arena fina y blanca, mientras las mareas lamen una y otra vez grandes domos de granito que se suceden durante kilómetros y kilómetros, como si algún gigante se hubiera entretenido en esparcirlos de manera caprichosa.