Sara y Gabriel López sufrieron abusos sexuales consentidos por su madre, condenada a siete años de cárcel. Hoy convierten su dolor en advertencia para otros
“Lo que más nos impactó al entrar”, recuerda a EL PAÍS la inspectora de la Policía Nacional que coordinó la redada contra la secta La Chaparra, “fue el mural de Peter Pan en la habitación del líder. Ocupaba toda la pared detrás de la cama. Era duro imaginarse a los niños allí...”....
Por aquella masía apartada, ubicada en la carretera a Vistabella del Maestrat (Castellón), junto al bosque, pasaron, al menos, diez menores durante tres décadas. Entre ellos, Sara López y sus hermanos, Gabriel y C. (aún menor de edad). No conocían otra cosa y no fueron conscientes de que habían sido víctimas de abusos sexuales hasta mucho tiempo después. Cuando a las niñas les llegaba el periodo, Antonio Garrigós, Tío Toni, el líder de la secta, las convencía de que tenían “los ovarios negros” y que, para “sanarse”, debían mantener relaciones sexuales con él, según recoge la sentencia que acaba de condenar a cinco de sus miembros. “Yo estaba muy incómoda. No quería hacer aquello”, relata a EL PAÍS Sara López, que hoy tiene 27 años. “Pero él decía que así no tendría cáncer, que aquello era muy especial y que no debía contárselo a nadie. Recuerdo estar estudiando y que me dieran arcadas por las imágenes que me venían a la cabeza de lo que había pasado con Toni. Me lavaba la boca muy fuerte, del asco, pero aun así pensaba que él lo hacía por mi bien y que yo no lo estaba entendiendo. Un día le expliqué a mi madre lo que estaba pasando. Al principio, entró en cólera y me pidió que hiciera la maleta, como si tuviera una, porque yo nunca había salido de allí. Pero al rato volvió y me dijo: ‘Sara, todo solucionado. He hablado con Toni y me ha dicho que tenías que haberle advertido de que no querías y ya está’. Y ahí se quedó”. La Audiencia Provincial de Castellón condenó el pasado marzo a la madre de Sara a siete años de cárcel como “responsable en concepto de cómplice por comisión por omisión” de “delitos continuados de abusos sexuales a menores”, sus propios hijos. Gabriel y C. también los sufrieron.






