Las madres y las autoridades rastrean una nueva fosa en Tláhuac, zona de frontera entre Ciudad de México y el Estado de México donde se ha registrado alta criminalidad

Unos montones de tierra se calientan al sol, un sol durísimo, a la orilla de la laguna de La Habana, a unos 40 kilómetros al sur de Ciudad de México. Es un paso necesario para quitarle la humedad y que no haya bloques, sino bolitas que se puedan deshacer con los dedos sobre una malla metálica. Esos dedos se mueven como si chasquearan entre sí y se paran cuando notan algo pequeño y duro. Algo como un diente, una falange, un huesecillo. Algunos de esos dedos que escudriñan la tierra, junto a funcionarios y forenses, son los de madres que buscan los restos de sus hijas, los de una hija que busca a su padre, los de una hermana que quiere saber dónde está su hermano.

En esta fosa de Tláhuac, en tres semanas se han hallado más de 1.400 restos óseos humanos que el ADN determinará si corresponden a alguno o a varios de los más de 130.000 desaparecidos que hay en México. Es solo una de las miles de excavaciones que se han llevado a cabo en dos décadas, la parte más tangible de la descomunal herida abierta en todo el país que los colectivos de búsqueda, nada más que madres y familiares con sus propios medios, tratan de hacer visible en una lucha contra la impunidad y la desidia del Estado. “Nosotras, sin quererlo, nos volvemos abogadas, policías, antropólogas, psicólogas… aprendes a caminar la tierra, a buscar en lugares que no imaginas”, dice Jacqueline Palmeros, de 43 años, fundadora del colectivo Una luz en el camino, uno de los más de 400 que hay en México.