Las acusaciones que lo marcaron desde los años noventa parecían destinadas a destruir su legado, pero la expectación que rodea ahora al ‘biopic’ ‘Michael’ demuestra que el Rey del Pop sigue siendo un fenómeno cultural
Uno de los discos de Michael Jackson, el último que publicó en vida, se titula Invincible. Aun cuando se trata de un apelativo de lo más idóneo para el Rey del Pop, hay otro que, a juzgar por la alta estima que hoy sigue provocando su imagen, parece todavía más apropiado: incancelable. Si invencible fue en lo artístico, más asombroso resulta que haya sido, en lo moral y lo público,
ml" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/gente/2023-08-19/las-victimas-de-abuso-sexual-de-michael-jackson-logran-al-fin-que-sus-casos-lleguen-a-juicio.html" data-link-track-dtm="">inmune a la cultura de la cancelación; una criatura que, habiendo atravesado tempestades que a otros habrían arruinado sin remedio, permanece erguida en la memoria colectiva como si el vendaval apenas hubiera rozado su figura.
Corría 1993, y el nombre de Michael Jackson, hasta entonces asociado a un dominio casi absoluto de la cultura popular, entrañable en virtud de su pasado de talento precoz, comenzó a sonar en otro registro, más turbio. Las acusaciones de abuso por parte de un menor transformaron el escenario en un teatro de sospechas. Su rancho Neverland (en Santa Bárbara, California), aquel paraje concebido como refugio y fantasía, se convirtió en lugar de pesquisas, registros y miradas indiscretas. Allí donde antes se imaginaba la infancia como un territorio de juego, comenzó a verse una sombra.











