Los productores ejecutivos del ‘biopic’ son su familia y el abogado guardián de su legado. Y se nota. La figura del músico está retratada con tono angelical

Me acerco casi siempre con razonables prejuicios al género del biopic. Acostumbran invariablemente a redimir y a exaltar, hasta límites sublimes, al personaje que retratan, después de contar algún periodo de ruina en su historia. A veces, endulzando o falseando la realidad, aunque el arte que estos crearon permanezca como algo incontestable. Son escasas las películas mostrando a los genios de la música que alcancen la condición de obra maestra. Lo logró Clint Eastwood, con su visión de la corta y drogada existencia de un atormentado genio del saxo y del jazz llamado

s.com/diario/2005/09/22/opinion/1127340007_850215.html" data-link-track-dtm="">Charlie Parker en Bird. En los últimos tiempos me pareció tan creíble como complejo el retrato que han hecho del joven Dylan en Un completo desconocido. Y es misterioso y lírico el documental Let’s Get Lost, sobre las infinitas luces y sombras del maravilloso y trágico Chet Baker.

Pero salvando esas excepciones, la mayoría de las películas dedicadas a los grandes artistas de la música me parece que siguen idéntico patrón, la sensación de que ya me las sé de memoria de principio a fin. La última la titulan Michael, dando por supuesto que todo dios sabe que se refieren a Michael Jackson. O sea, que en el trono de los dioses solo ha existido un Michael. Y, por supuesto, que el músico, cantante y bailarín Jackson fue un artista irrepetible. Y que, por mi parte, escuché dos discos llamados Thriller y Bad hasta que se rayaron. Estaban producidos por el sabio y extraordinario Quincy Jones, al que miserablemente hacen pasar de puntillas en esta hagiográfica película. También vi actuar a Jackson en el Vicente Calderón hace infinitos años. Me pareció brillante, pero también excesivamente mecanizado. Lo recuerdo sin emoción.