Anticipar el desenlace de las tensiones en Oriente Próximo es un ejercicio de alto riesgo. En cuestión de unas jornadas, los mercados han pasado de comprar la paz y celebrar la reapertura del estrecho de Ormuz, con las Bolsas en máximos históricos, a temer el colapso energético reflejado en el precio del brent. Desde el estallido de la guerra en Irán, el precio del petróleo es el termómetro de la tensión financiera y el canal de contagio para las Bolsas. Los inversores, curtidos en el ruido que generan los constantes bandazos de la Administración Trump, se enfrentan desde hace dos meses a un riesgo de mayor calado: una crisis energética de alcance inédito en la historia reciente. La tregua refleja que ninguna de las dos partes en liza está interesada en una nueva escalada, pero el alto el fuego es frágil, amenazado tanto por los picos de tensión en el Estrecho como por un potencial error de cálculo de una de las partes. La situación es ambivalente: a medida que los precios del crudo prolongan su escalada, se intensifican las presiones inflacionistas y se enfrían las expectativas de crecimiento. Pero, por otro lado, la euforia que sigue rodeando a la inteligencia artificial ha permitido a las Bolsas recuperar, en momentos puntuales, los niveles previos al conflicto y volver a situarse en máximos. El escenario, sin embargo, cambia en cuestión de segundos. Con una visibilidad limitada y pocas herramientas eficaces para proteger el capital, los gestores apuestan por una receta clásica en momentos de tensión: calma, disciplina y sangre fría frente al ruido informativo.No dejarse llevar por el miedo¿Permanecer invertidos o deshacer posiciones? Es la pregunta que muchos se hacen en momentos de elevada incertidumbre. Aunque la reacción instintiva sea vender y abandonar el mercado cuanto antes, los expertos llaman a la calma y a mantener la cabeza fría. Nelson Yu, responsable de renta variable de AllianceBernstein, recuerda que intentar anticiparse a los puntos de inflexión del mercado siempre es arriesgado. “Si las tensiones se relajan, quienes se hayan mantenido al margen corren el riesgo de perderse el potencial de recuperación de la Bolsa”, advierte.En la misma línea, Duncan Lamont, responsable de análisis e investigación de Schroders, alerta de que elevar el peso del efectivo en cartera puede convertirse en un “error costoso”. A su juicio, la experiencia reciente demuestra que las perturbaciones del mercado tras grandes episodios geopolíticos suelen ser, en general, de corta duración y que los mercados tienden a recuperarse a medida que se desvanecen los titulares más alarmantes. Además del riesgo de regresar al mercado cuando parte de las subidas ya se ha producido, Lamont subraya que vender acciones en medio de la agitación puede suponer “materializar pérdidas a corto plazo”.Para Rodrigo Cebrián, director de inversiones de Edmond de Rothschild en España, la principal amenaza en un entorno de incertidumbre como el actual no reside tanto en la evolución de los mercados como en la reacción emocional de los inversores. “Desde 1941, los mercados han registrado caídas medias cercanas al 9% en este tipo de episodios, con recuperaciones que, de media, se han producido en torno a tres meses después”, explica.El experto va un paso más allá y recuerda que, desde 2008, solo dos de los más de 70 episodios de pánico vividos por los mercados desembocaron en caídas profundas: la pandemia de 2020 y la agresiva subida de tipos de 2022. En el primer caso, el S&P 500 llegó a perder un 20% en el primer trimestre, pero cerró el año con ganancias del 16,2% gracias al tirón de las tecnológicas, mientras que la Bolsa europea concluyó el ejercicio con un retroceso del 4%.El segundo episodio fue distinto. El rápido endurecimiento de la política monetaria para contener la inflación elevó de forma abrupta el riesgo de recesión y encareció la financiación, lo que se tradujo en caídas del 19,4% en Wall Street y del 12,9% en el Stoxx 600, mientras que la deuda global registró pérdidas históricas.La liquidez como estrategiaA medida que la inestabilidad aumenta, los inversores han optado por vender acciones y bonos y reforzar sus colchones de liquidez, es decir, elevar la cantidad de dinero que mantienen fuera del mercado. La prueba más evidente la ofrece la encuesta de gestores de Bank of America correspondiente al mes de abril.El sondeo, realizado entre el 2 y el 9 de este mes —un periodo marcado por las amenazas del presidente de EE UU, Donald Trump, de “destruir toda una civilización”, antes de anunciar una tregua—, confirma que el nivel de efectivo en cartera alcanzó el 4,3%, el más alto desde mayo de 2025, cuando los inversores aún trataban de recomponerse del impacto del zarpazo arancelario.Aunque, como reconoce Javier Mallo, director general y responsable del grupo de clientes para Iberia de Neuberger, la liquidez ha actuado como un colchón eficaz en los momentos más agudos del conflicto, la mayoría de los expertos coincide en que, a medio y largo plazo, mantener el dinero inmovilizado resulta menos productivo que permanecer invertido. Según cálculos de Schroders, desde 1990 y en horizontes de inversión de un mes, la Bolsa y el efectivo baten a la inflación en el 60% de los casos. Sin embargo, en periodos de 12 meses o superiores, la renta variable supera ampliamente al efectivo.Marta Rodríguez, socia directora comercial de Abante, subraya que la liquidez cumple un papel clave, no como refugio permanente, sino como un amortiguador dentro de la cartera. “Contar con niveles adecuados de liquidez permite evitar ventas forzadas en momentos de estrés y aporta tranquilidad para que el inversor se mantenga fiel a su estrategia, sin dejarse condicionar por los vaivenes de corto plazo”, explica.A ese enfoque se suma una visión más táctica. Alejandro Alba, responsable de gestión patrimonial de EDM, destaca que la liquidez también ofrece margen de acción en entornos de elevada volatilidad. “Disponer de efectivo permite responder a necesidades puntuales sin vender activos en momentos desfavorables y, al mismo tiempo, aprovechar oportunidades de entrada cuando los mercados ajustan valoraciones”, señala. Una flexibilidad que, añade, cobra especial relevancia precisamente en periodos de turbulencias.Cómo posicionarse en Bolsa y deudaLa calma de la que disfrutaron los mercados y la economía en la década posterior a la crisis financiera de 2008 ha llegado a su fin, según Adam Berger, director de multiestrategia de Wellington Management. En un contexto de cadenas de suministro fragmentadas, inflación más incierta y tensiones geopolíticas, el experto considera que las estrategias clásicas de inversión han perdido parte de su efectividad.Tras años caracterizados por un crecimiento sostenido y una inflación contenida, Berger advierte de que la economía global podría afrontar ahora un ciclo más volátil, en el que la actividad transite con mayor rapidez entre distintas fases, alternando episodios de crecimiento con presiones inflacionistas y periodos de desaceleración o incluso recesión. Con la inflación como una variable cada vez más difícil de anticipar, Berger cree que el foco debe desplazarse hacia activos capaces de proteger el poder adquisitivo y aportar resiliencia a las carteras, como las materias primas, los bonos ligados a la inflación, las infraestructuras o el sector inmobiliario.Pese a los titulares sonoros que han protagonizado las Bolsas en las últimas semanas, la renta variable se ha comportado con mayor estabilidad que otros activos en apariencia más seguros, como la deuda soberana. Javier Mallo considera que, a pesar de la escasa visibilidad sobre la evolución del conflicto y del riesgo de una crisis energética más profunda, los fundamentales del crecimiento económico global y de las empresas se mantienen sólidos y deberían seguir apoyando a las Bolsas.Dentro del mercado bursátil, Nelson Yu, responsable de estrategia de AllianceBernstein, apuesta por redoblar la exposición a valores defensivos. “Los beneficios estables y los flujos de ingresos recurrentes de este tipo de compañías constituyen una fuente clave de rentabilidad y es probable que desempeñen su papel tradicional en la asignación de activos si el conflicto se prolonga”, señala. Una visión que también comparte Berger que destaca la estabilidad que aportan las empresas con beneficios consistentes y dividendos relativamente estables.Más allá del sesgo defensivo, algunos gestores empiezan a identificar oportunidades en sectores ligados tanto a la tecnología como al renacimiento industrial. Rodrigo Cebrián apunta a áreas como los semiconductores, la digitalización y las comunicaciones, junto a infraestructuras, materiales y energía, impulsadas por la reconfiguración geopolítica y los grandes planes de inversión. “Son sectores que se benefician de tendencias estructurales que van más allá del ciclo económico inmediato”, explica.María Rodríguez considera, además, que ha llegado el momento de ampliar el foco y mirar más allá de los grandes nombres que han liderado las subidas bursátiles en los últimos dos años, un periodo marcado por el impulso de la banca en el mercado español y de las tecnológicas en Estados Unidos. En el ámbito de la renta fija, el contexto también ha cambiado. A diferencia de crisis anteriores, en las que los diferenciales de la deuda corporativa sufrieron una fuerte ampliación, ahora han sido los bonos soberanos los más castigados, penalizados por las expectativas de inflación. La deuda soberana partía, además, de una posición más frágil, lastrada por elevados niveles de endeudamiento y déficits al alza.Con este telón de fondo, Rodrigo Cebrián se muestra más favorable al crédito corporativo con grado de inversión y a la deuda de alto rendimiento a corto plazo. “Las compañías presentan balances sólidos, menor apalancamiento y mejoras en eficiencia operativa, a lo que se suma un crecimiento de beneficios que estimamos en torno al 14% en Estados Unidos en el último trimestre, con una evolución más moderada en Europa”, apunta. Un escenario que, en su opinión, respalda la capacidad de repago y el comportamiento de estos activos, frente a una deuda soberana que sigue siendo especialmente sensible a las expectativas de inflación y al repunte de los tipos de interés en los vencimientos más largos.Con la vista puesta en el corto plazo, Iván Díez, director para Iberia y Latinoamérica de La Financière de l’Échiquier, reconoce que las perspectivas siguen siendo inciertas y que la volatilidad se mantendrá elevada a la espera de que se despeje el conflicto y se normalice el tránsito por el estrecho de Ormuz, un escenario que en la gestora siguen considerando el más probable. Sin embargo, pese a los bandazos previsibles, el consenso de los expertos es claro: mantenerse invertidos y apostar por una diversificación amplia entre activos, geografías y estilos.“Los inversores deben prepararse para un abanico de resultados más amplio del que se esperaba antes de la guerra y asumir que la volatilidad ha vuelto para quedarse”, concluye Nelson Yu. Cuando el ruido domina el corto plazo, la clave no es anticiparse al mercado, sino mantenerse fiel a una estrategia bien diversificada.
Cómo moverse en un mercado sujeto a la guerra, la inflación y la volatilidad
Los expertos llaman a la calma, pues salir del mercado puede dejar a los inversores al margen de la esperada recuperación. Los gestores refuerzan el perfil defensivo con compañías de crecimiento y dividendos estables






