El segundo largometraje de Mascha Schilinski, que compartió un premio con ‘Sirât’ en Cannes, es la historia de cuatro generaciones de mujeres y niñas a través de la casa familiar

Las casas tienen memoria y, tras sus muros, tabiques y paredes, en los pomos de las puertas, perviven las huellas y heridas de nuestro pasado. Es imposible contar la extraordinaria película alemana El sonido de la caída. Y no existe mayor cumplido: las palabras no sirven para atraparla. El segundo largometraje de Mascha Schilinski hab...

la de niñas, muerte y memoria; de los fantasmas de una casa de campo llena de recovecos, hecha para perderse en el tiempo, el de cuatro generaciones de mujeres que han vivido a lo largo del siglo XX entre esas paredes.

Con vetas que sugieren ecos de un terror experimental, entre folk y neogótico, la película de Schilinski —que en el pasado festival de Cannes logró el Premio del Jurado ex aequo con Sirât, de Oliver Laxe— va más allá de cualquier juego de etiquetas gracias a una poesía visual y sonora sobrecogedora. Narrada con las voces de algunas de las niñas que vivieron en esa casa de una granja familiar, la película navega por el tiempo a través de la genealogía de las mujeres que la habitaron, sus miedos y traumas. Las niñas son ángeles vestidos con el luto de un país atravesado por la sombra más siniestra del siglo XX.