Ángeles González-Sinde se pierde por su falta de ritmo, excesiva verbalización de los subtextos y una desigual utilización del humor dentro de un drama familiar

Ángeles González-Sinde, que mamó las películas desde niña, hija de productor, guionista y director relevante del cine español de la Transición (José María González-Sinde, artífice junto a José Luis Garci de Asignatura pendiente, Las verdes praderas y Solos en la madrugada, y al mando de Viva la clase media, todas estupendas), se labró un prestigio como escritora para la gran pantalla a finales de los años noventa gracias, sobre todo, al libreto de la magnífica La buena estrella, de Ricardo Franco. Películas c...

omo Segunda piel, Lágrimas negras, Las razones de mis amigos y La puta y la ballena, además de su debut tras la cámara, la estimable La suerte dormida (con la que ganó el Goya a la mejor dirección), compartían el hecho de ser un cine adulto para adultos interesados en esos problemas sociales y emocionales tan arraigados en el interior del ser humano que podían destrozar vidas. Historias de aparente gente normal que no lo era tanto.

Sin embargo, tras su paso por la presidencia de la Academia de Cine y su etapa como ministra de Cultura (2009-2011) en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, su carrera se estancó. El cine había cambiado mucho, tanto en el fondo como, sobre todo, en las formas, y esas películas de apariencia sobria, pero que acababan siendo mucho más academicistas que clásicas, se estaban quedando antiguas. Las que ella había escrito y dirigido, y las de otros cineastas de su generación y de las anteriores: por el modo de narrar y por las maneras de filmar. Justo lo que le ocurre a Después de Kim, su nuevo trabajo, estrenado sin galardones en el festival de Málaga. Una película, como siempre en las suyas, de temática con notables posibilidades, pero a la que le falta hondura en el tratamiento y garra en la puesta en escena, particularmente a las secuencias finales de acción policial. Bien interpretada por Adriana Ozores y Darío Grandinetti, pero que corre el peligro de quedar en tierra de nadie por falta de ritmo, excesiva verbalización de los subtextos y una desigual utilización del humor dentro de un drama familiar.