La herencia del escritor se ha perdido en un laberinto, no de soledad, sino de injusticia, abandono y desidia. Y España no puede quedar de brazos cruzados

Dada la buena relación que parece apuntar ya entre los gobiernos de México y España, un gesto de buena voluntad entre ambos sería atender juntos la grave situación por la que atraviesa el legado del poeta Octavio Paz. ¿Por qué, preguntarán algunos, tendría que intervenir España? Porque Octavio Paz fue quizá el mejor amigo mexicano de España en el siglo XX....

Antes de referir la dramática situación en la que se encuentra el legado de Paz, importa recordar su raigambre española. Sus abuelos maternos provenían de Andalucía. De niño, se formó leyendo los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, cuyos héroes, como Salvador Monsalud, lo acompañarían imaginariamente toda la vida. Ya joven, José Bosch, hijo de un anarquista catalán, se convirtió en su guía intelectual. Años después, creyéndolo caído en la Guerra Civil, Paz le dedicó una Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón. En 1935 conoció en México a Rafael Alberti, quien lo reafirmó en su compromiso político pero también en el deber de escribir una poesía que preservara la autonomía del arte frente a la ideología. Al año siguiente, con apoyo del presidente Lázaro Cárdenas, Paz publicó ¡No pasarán!, su poema comprometido con la República española. En julio de 1937 asistió al II Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia, ciudad donde, gracias a Manuel Altolaguirre, publicó Bajo tu clara sombra, su primer libro impreso en España. En aquellos días fragorosos, aunque impedido a incorporarse a la batalla como él hubiera querido, Paz acudió al frente de Pozoblanco. España lo necesitaba en el frente cultural, y fue allí donde sirvió estrechando vínculos con los poetas de Hora de España, a quienes más tarde acogería tras su exilio en México.