El jovencito italiano Alessandro Pinarello se impone en la última etapa en el Monte Trega
Ezequiel Mosquera, que se siente el Legolas del ciclismo pero es un elfo contrabandista del alma, llama Tierra Media y su estado de ánimo a lo que todo el mundo llama A Raia, 1.234 kilómetros de tierra de nadie y de todos, de contrabandistas de mantones de Manila, café y tabaco, desde Alcoutim y Sanlúcar, barca donde se enamoran los hijos de los médicos de los dos lados y tirolina junto al Guadiana, tan al fondo de la península, y la Barcarrota de Alberto Contador, A Guarda, espejo de Caminha y Seixas pegados al Minho, hasta el Monte Trega, romerías felices, lamprea en escabeche, albariño y vinho verde y viacrucis doloroso, sobre el Miño que muere plácido en el Atlántico. Al otro lado, Portugal, y sobre las piedras desiguales del empinado caminito final Alessandro Pinarello bota, alegre como un hobbit, y sus mofletes.
Superviviente de todas las persecuciones, emboscadas y traiciones de la última etapa, Pinarello, véneto de 22 años, llega montado en una Scott desde Conegliano, colinas donde Marzio Bruseghin cría asnos, saltarines como ponis, y cosecha cartizze para hacer prosecco de burbujitas finitas. En la región se cultiva el culto al ciclismo y a la bici Pinarello, de la vecina Treviso, pero Alessandro no tiene ningún vínculo familiar con la saga iniciada por Giovanni Pinarello, que montó la fábrica comenzando con un tallercito equipado gracias al dinero que le dieron por ganar la maglia nera como último clasificado de un Giro de posguerra.






