El madrileño se impone al británico con autoridad (6-3 y 6-2, tras 1h 08m) y se enfrentará este sábado al francés Fils (6-3 y 6-4 a Musetti)

Cameron Norrie, de 30 años y con callo de sobra, sabe bien por dónde pueden ir los tiros durante esta tarde rociada de sol en Barcelona: ahí enfrente está el chico, el nombre. El joven del que todo el mundo habla estos días: Rafa, Rafa, Rafa... Hay razones para el martilleo. Es el mismo que desbordó el lunes a Jaume Munar en 73 minutos, el que luego despachó a Ugo Carabelli en forma casi de entrenamiento y el que ahora, reincidente, se abre paso con autoridad (6-3 y 6-2, tras 1h 08m) y desembarca por primera vez en las semifinales del Godó. Tiene 19 años, ya un título —el conseguido recientemente en Marrakech— y un magnífico porvenir. Eso parece. Eso se dice. ¿Es tan bueno?

“Es buenísimo”, comenta el exdirector Albert Costa por la mañana, durante una conversación informal con un par de periodistas. “Y eso que aún está por hacerse. Todavía no hay músculo, así que en un par de años, cuando se haya trabajado…”, prosigue el campeón del Roland Garros de 2002, tan asombrado como el resto. Ahí hay madera. Ahí hay hambre. Y ahí hay un ganador que aprieta los dientes con fuerza hasta para hacerse el selfi con los críos después de otra actuación deslumbrante. En su ideario no existe margen alguno para las relajaciones. Norrie no es ningún cualquiera, sino un tenista más que bregado que compensa las deficiencias de ese golpeo extraño con batalla, inteligencia e instinto. Pero lo sabe: no tiene nada que hacer.