los galardones que distinguen los mejores proyectos europeos valoran la capacidad para dotar de nueva vida a edificios antiguos

Ninguno de los proyectos premiados por el Premio Europeo de Arquitectura Mies van der Rohe, anunciados este jueves, es nuevo. Sin embargo, los dos renuevan. Así lo ha destacado el jurado de esta edición -presidido por el último premio Pritzker, el chileno Smiljan Radic- al valorar la propuesta ganadora, el Palacio de Exposiciones en Charleroi, en Valonia (Bélgica), de la que aplaude que aúna inteligencia y precisión para transformar una gran infraestructura -un centro de convenciones de los años 50- en lugar de demolerlo. Ideado por los arquitectos de Bruselas AgwA y el estudio de Gante Jan de Vylder e Inge Vinck, el inmueble está ahora abierto a la ciudad. Se ha convertido en un espacio poroso y accesible invadido, en parte, por la vegetación. Es decir, ha sido transformado, pero ha preservado su carácter. Y sus materiales. Para el jurado, esta intervención demuestra cómo la arquitectura puede desencadenar no solo nuevos espacios, sino también nuevas relaciones sociales trabajando con lo que existe.

De esta manera, opuesta a la hoja en blanco, la figura del arquitecto que destaca el premio pasa a convertirse en un guardián de lo que no debe perderse. También de lo que debe cuidarse. No hablan solo de mantener las formas o la historia. El premio defiende una práctica de la profesión de arquitecto responsable, una manera cabal y cívica de estar en el mundo: reconociendo lo que llegó antes, reparando, manteniendo o actualizando ese legado y, consecuentemente, haciendo de ese cuidado un nuevo legado para generaciones futuras.