Los de Simeone supieron entrar a tiempo en el encuentro mientras los azulgranas se precipitaban, impacientes por revertir la fatalidad europea acumulada desde la conquista de Berlín en 2015
Ahora mismo no hay un equipo futbolísticamente más generoso que el Barça. La mayoría de sus partidos son tan divertidos como emocionantes y nobles porque su propuesta es radicalmente infantil: gana el equipo que marca más goles y no se para de jugar hasta que el árbitro pita el final, momento en que el niño ya no tiene tiempo de ir a por el pan que le había encargado mamá a cambio de poder salir con la pelota a la Plaza Mayor....
Los azulgranas no miran el reloj ni el marcador, sino a la portería contraria porque la propia se confía al portero, que para algo es portero. La especulación no está permitida y la continuidad se impone porque el juego se asocia al riesgo, a la aventura, a la pasión de una joven generación de futbolistas —la media es de 24,95—, la mayoría culés de cuna, que compiten como si les fuera la vida en cada encuentro y torneo, también en la Champions.
El Barça jugó media hora primorosa por la armonía de su fútbol y la facilidad con la que igualó la eliminatoria. A diferencia de la ida, Flick dispuso de una formación más dinámica y agresiva, mejor dispuesta para presionar muy arriba y generar mucho fútbol por dentro, difícil de descifrar para el Atlético. Los barcelonistas eran más reconocibles que nunca por la presión, la efectividad, el sentido de equipo y la luminosidad de Lamine.






