Hay muchos reclamos que justifican una chincheta en el mapa viajero en esta isla. Bucear en Buck Island, sus dos breves ciudades y unas playas caribeñas que atraen a las tortugas para desovar son solo algunos de ellos
No es sencillo convencer a nadie para ir a St. Croix. Incluso si dejamos de lado las glorias de Cuba y República Dominicana, todavía habrá quien señale, centrados en el Caribe anglo, que no tiene los arenales de Tobago, el color de Santa Lucía o ese sentimiento de lejanía del mundo que impone Carriacou. Ni siquiera tiene la fiesta que —...
por no salir de las Islas Vírgenes— ofrece St. Thomas, algo más al norte, a todos aquellos que dejan de beber en el crucero con la única motivación de seguir bebiendo en tierra. No será que a St. Croix le faltan reclamos para justificar la chincheta en el mapa del turismo internacional: Buck Island es uno de los mejores jardines marinos del Caribe y, por tanto, uno de los mejores paisajes de la tierra para el buceo.
La isla tiene dos ciudades —Frederiksted y Christiansted— tan breves como elegantes. E incluso puede alardear del cabo Point Udall, el primer lugar donde amanece en territorio de Estados Unidos y una de esas trivialidades geográficas que gustan a las visitas. A este lote hay que añadirle el resto del placentero pack caribeño que, con sus cócteles de ron, sus orillas blancas y sus mahi-mahi a la parrilla, nos devolverá siempre a esta parte del mundo que ha tenido el mérito de reducir la angustia humana al miedo a que te caiga un coco en la cabeza.






