Si una lengua no muta, está muerta, pero además de anglicismos deberíamos abrazar un habla repleta de expresiones bonaerenses, peruanas, canarias, chilenas, ciudadrealeñas
El otro día, tomando algo en un bar con amigas y conocidas de distintos lugares de España, dos malagueñas dejaron caer la palabra “tronío” en su conversación. Desconcierto, estupor. ¿Qué era aquello del tronío? Estas injusticias en la asimilación del lenguaje me parten el corazón. Salvando las diferencias semánticas entre estas palabras, ¿por qué, en general, sabemos lo que es classy o coolness, y no lo que es tronío? ¿Cómo es posible que hayamos integrado tan fácilmente lo cozy y no sepamos lo que es apapachar, esa hermosa palabra que el náhuatl nos regala? ¿Por qué tenemos más a mano el horroroso foodie que el hermoso lambuzo extremeño?
No tengo nada en contra del inglés. Me interesa como idioma (creo que cuando te interesa un idioma, te interesan todos) y le he cogido el cariño que se le toma a un puente ya inevitable entre personas de distintos lugares. Desde luego, hay algo grato en un vínculo que facilita la vida con el otro, aunque los motivos de la elección de esa lengua concreta no sean en absoluto limpias. Véanse todas esas razones ponzoñosas que ya conocemos, pero que no está mal recordar: expansión del Imperio Británico, escalada de Estados Unidos como potencia económica y cultural, dominio del comercio internacional y la tecnología, globalización y, última en orden pero en absoluto en importancia, la industria del entretenimiento (en un desliz que demuestra que estoy ahogada en este fenómeno contra el que me pronuncio, confieso que antes de corregir por “industria del entretenimiento”, mis dedos han estado a punto de teclear show business).






