La pirotécnica visual de la Artemis 2 distrae del hecho traumático de que el Gobierno de Trump quiere reducir el presupuesto de ciencia de la NASA a la mitad

Hay nostalgias extremas. En una bella película de Louis Malle, Atlantic City USA, el viejo gangster jubilado que interpreta Burt Lancaster le va mostrando a un joven discípulo lugares de los bajos fondos de la ciudad que fueron memorables en su juventud, y que están siendo rápidamente arrasados por la modernidad inmobiliaria de los grandes

/actualidad/1234859581_850215.html" data-link-track-dtm="">casinos sobre los que años después tuvo su reinado de corruptelas y quiebras Donald Trump. En el paseo marítimo, dominado ahora por grúas y excavadoras, el delincuente retirado, que viste como un gangster de película en blanco y negro, se queda mirando pensativamente hacia las olas que rompen en la playa y le dice a su discípulo:

—Tenías que haber visto el océano Atlántico en los años cuarenta.

Yo he pensado algo parecido viendo estos días las imágenes del muy limitado viaje a la Luna de Artemis 2, acordándome de los vuelos de la misión Apolo, que seguí cuando apenas dejaba de ser un niño, y que me exaltaron una imaginación alimentada por Julio Verne y H.G. Wells, y por las novelillas baratas y las películas y series más baratas aún que solían situarse en un futuro que daba vértigo por su lejanía: en 1999, en el inconcebible 2001, etc. Como las versiones modernas del viejo cine fantástico, la misión Artemis 2 ha disfrutado de una sobreabundancia de medios y efectos especiales, pero ha perdido en gran parte la poesía de aquellas transmisiones que para nuestros ojos inexpertos y no abrumados por incesantes imágenes estaban llenas de misterio. Se ha repetido mucho la foto de ese gajo azulado de Tierra que aparece más allá de la cara oculta de la Luna, pero no creo que su efecto sea comparable a la imagen de nuestro planeta suspendido en la negrura espacial que tomaron en diciembre de 1968 los tripulantes de la Apolo 8, que de verdad orbitaron la Luna, durante más tiempo y mucho más cerca de ella que los de la Artemis, y sobre todo las del último vuelo, el del Apolo 17, en 1972. Esa imagen mostraba lo que nunca hasta entonces habían visto unos ojos humanos: una esfera casi perfecta, como ingrávida en una oscuridad ilimitada, hecha sobre todo de agua y de nubes, una gota irisada de agua, lejos de todo, una isla más remota y más hermosa que todas las islas, con un aspecto desde lejos de paraíso intocado, porque a esa distancia no podían distinguirse las villanías y las maldades de los seres humanos, las guerras y los crímenes que en aquel 1968 asolaban el mundo.