Los residentes de las zonas afectadas por la ofensiva israelí más letal mantienen su vida diaria entre los escombros y el trabajo de los rescatistas
Los vecinos más curiosos del barrio de Corniche el Mazraa, en el centro de Beirut, saben adónde mirar. Porque allá donde había una torre residencial ahora solo se aprecia un enorme boquete, como si un botón hubiera hecho desaparecer el suelo bajo la construcción. Las paredes de los edificios limítrofes están calcinadas o han vencido. Ante ese panorama, decenas de soldados, paramédicos, bomberos y operarios siguen con las labores de rescate. Otros, como Ziad, retoman su vida diaria pese a que la escalada que el ejército israelí acaba de provocar y que ha causado decenas de muertos a las puertas de su comercio. “Ya está, dejad que nos maten a todos cuanto antes”, plantea este jueves desde el otro lado del mostrador: “Pero prefiero que me maten en mi barrio”.
La gran ofensiva que Israel lanzó sobre Líbano el miércoles —la mayor en cinco semanas de guerra, con 160 bombas sobre 100 lugares distintos en 10 minutos— golpeó distritos beirutíes hasta ahora intactos, e intentó separar el frente libanés del cese acordado entre Estados Unidos e Irán, pese a que Pakistán, el mediador de la tregua, había anunciado la inclusión de Líbano en un alto el fuego de carácter regional e inmediato.








