Estoy a favor del relativismo y en contra de esa vieja jerarquía que separa lo elevado de lo masivo, de no dejar que los principios respiren

La primera vez que escuché la palabra relativismo fue en boca de un cura de mi colegio. La pronunció como si estuviera señalando una plaga. Dijo que era uno de los grandes males de la humanidad. Yo no entendí bien qué significaba, pero entendí el tono: peligro. Años después busqué la definición y pensé que, si aquello era un mal, era también el mío. Para mí, el relativismo siempre ha sido una tabla de salvación: la posibilidad de que las cosas puedan mirarse desde más de un lugar; la sospecha de que una sola verdad es, en el mejor de los casos, incompleta....

Últimamente he vuelto a escuchar la palabra, muchas veces en boca de gente joven, en ciertos eventos culturales/reuniones religiosas donde se denuncia el relativismo como enfermedad moral y se reivindica la claridad sin matices: una sola verdad, una sola interpretación, una sola forma correcta de estar en el mundo. La ambigüedad se presenta como debilidad y la complejidad, como trampa.

La tentación es comprensible. Vivimos tiempos inestables. Nos prometieron que si perseguíamos nuestros sueños los alcanzaríamos. Ahora el mantra parece otro, como en la canción más bonita y triste de Taylor Swift: You’re on Your Own, Kid. Estás solo. En esa intemperie, la idea de una verdad compacta ofrece refugio. El dogma calma porque ordena. Pero el pensamiento rígido tiene un problema estructural: cuando no puede doblarse, se rompe.