Me ocurre como a san Agustín con el tiempo: si nadie me pregunta, sé lo que es, pero si quiero explicarlo, no lo sé

Estábamos charlando mientras esperábamos para entrar en un debate cuando una compañera periodista sacó a colación el orgullo de clase. Se preguntaba por qué quienes teníamos padres carteros o madres limpiadoras podíamos hablar de orgullo de clase, pero los que tenían padres y madres ...

a quienes les limpiaban la casa y les llevaban los paquetes, no.

Mi primera tentación fue responderle que uno es libre de sentirse orgulloso de lo que le venga en gana, que hay gente por ahí que se enorgullece de cosas muy raras: de vivir de las rentas, de unas tetas de plástico o de la Unión Europea. Pero me callé, consciente de que esa soberbia emanaba de un desdén hacia las clases medias y altas que, desde que pertenezco a ellas, me da un poco de pudor. La segunda tentación fue echar mano del honor social de Weber, ese prestigio que la sociedad le concede a alguien independientemente de su riqueza, poniéndonos ante una escala en la que el nuevo rico está por debajo del investigador precario y Zaffa, mi frutero marroquí, por encima de Amadeo Llados, Luis Bárcenas o incluso Juan Carlos I. Pero se me hizo bola, mitad porque no quería ponerme intensa, mitad porque me percaté de que la pregunta de la compañera era retórica, una mera introducción para una reflexión que le apetecía hacer, así que ni buscaba ni deseaba una respuesta por mi parte.