Cuando entro en la consulta de un médico o en el despacho de un abogado y me encuentro paredes forradas de títulos académicos, me pregunto si ante mí se despliega un origami de transparencia y credibilidad o una manifestación patológica de narcisismo y complejo de inferioridad. Mi demonio interior me susurra: alguien que necesita recordarse a sí mismo y al mundo que va sobrado de credenciales a lo mejor sufre un caso agudo de síndrome del impostor. La profesionalidad se demuestra en la actitud, y nadie quiere que el cirujano que le opera se replantee su valía mientras hurga en su costillar. A los mejores en su oficio no les importa si les llaman doctor o les tutean.
La pícara Noelia Núñez nos ha regalado una de esas peleas infantiles que tanto gustan en la política española. Como en los libros de buscar a Wally, un montón de asesores se aplicaron en expurgar los currículums de ministros y diputados a la caza del título falso, y pasaron unos días tirándose másteres y doctorados inflados a la cabeza. Como si el problema de España fuera el fraude de la gente que se inventa títulos y no la hiperinflación de títulos legítimos, llamada clínicamente titulitis, que ha devaluado la condición universitaria hasta hacerla casi irrelevante.






