Una capa cremosa, dulce y con un toque ácido cubierta por una crujiente de caramelo: esta versión del postre clásico francés te resultará irresistible
Hay postres que entran por los ojos, otros que te atrapan por el aroma antes de probarlos y este, que entra en una tercera categoría y tiene un poco de las dos cosas. Podríamos hablar de una prima cítrica de la crème brûlée en la que el limón equilibra la grasa, corta el dulzor y la convierte en algo que te comerías entero sin darte cuenta. Luego está esa capa de caramelo, que cruje al romperla y justifica medio invento.
La magia empieza infusionando la nata caliente con limón y vainilla, que después mezclaremos con yema de huevo para conseguir la textura característica de esta crema. Ni flan, ni natillas, buscamos ese punto en el que la cuchara se hunde sin ofrecer resistencia. El único truco para que quede bien es afinar el tiempo de horno y no pasarse de temperatura para que no quede cuajado en exceso, sino bien cremoso.
Podemos cocinarla en flaneras, ramequines o usar las mismas cáscaras del limón como recipiente: queda bonito, es práctico y si usas un molde para magdalenas como soporte no se te esparramarán de lado durante la cocción. Además, es la excusa perfecta para sacar el soplete que compraste después de ver 80 reels de Instagram donde te convencieron de que era imprescindible (y al final no estás usando tanto como creías).






