La opinión de los expertos, que avisan del delicado estado del cuadro, debe prevalecer sobre la habitual disputa partidista
Desde que Picasso lo pintó en plena Guerra Civil por encargo de la República española, el Guernica es algo más que un cuadro: es un icono político. Tanto, que ese carácter icónico lo sometió a partir de 1937, y durante años, a una gira de exposiciones que terminó por dañarlo gravemente. Por eso en tres décadas no se ha movido del Museo Reina Sofía de Madrid, donde recaló en 1992 procedente del cercano Casón del Buen Retiro, el edificio del Museo del Prado al que llegó en 1981 desde el MoMa de Nueva York y donde —por si cabía alguna duda de su dimensión política— pasó una década protegido por un cristal antibalas y hasta por la Guardia Civil.
La reciente petición del Gobierno vasco de trasladar el lienzo durante ocho meses al Guggenheim de Bilbao para conmemorar el 90º aniversario del bombardeo perpetrado por la aviación alemana sobre Gernika el 26 de abril de 1937 se suma a las cursadas en 1997 y 2007. Como en anteriores ocasiones, el Ministerio de Cultura ha denegado el préstamo basándose en los informes del departamento de conservación del Reina Sofía.
El último de ellos tiene fecha del pasado 25 de marzo. Se redactó tras el encuentro entre el ministro Ernest Urtasun y la vicelehendakari Ibone Bengoetxea y es inequívoco: se “desaconseja rotundamente” el traslado de la obra porque “su formato, naturaleza de los elementos que la componen y estado de conservación, junto con los numerosos daños sufridos a lo largo del tiempo, la hacen especialmente sensible a todo tipo de vibraciones que son inevitables en los transportes para obras de arte”. Dichas vibraciones “podrían generar nuevas grietas, levantamientos y pérdidas de la capa pictórica, así como desgarros en el soporte”.










