El equipo de Míchel hace todo bien menos aparecer en el área rival, pero supera a un rival sin mordiente

Hizo de todo el Girona menos hacerse fuerte en el área rival, pero le valió un gol de Pau Navarro en propia puerta para imponerse a un Villarreal que no encontró su sitio durante todo el encuentro.

Aunque el Villarreal comenzó con el acoso adelantado, pronto dio un paso atrás ante la persistente pujanza del Girona, que rompía la primera línea rival para plantarse en campo ajeno. Protestaba Marcelino desde el banquillo —durante un parón sacó la pizarra e hizo un corro con unos pocos—, descontento por la presión, aunque conforme por cómo se replegaban, raudos en situarse entre la pelota y su portería para negar al Girona.

Porque el equipo de Míchel tenía el balón, pero se encasquillaba en campo contrario, incapaz de encontrar el pase definitivo o el remate oportuno. Y eso que Ounahi, piernas de alambre y fútbol de oro, lo intentaba de todas las formas, con carreras y quiebros, con conducciones deliciosas de esférico atado a los pies y la cabeza alta, un jugador de calle, de los que piensa más rápido que los demás e innova —como un autopase, un caño o un taconazo mirando al tendido—, la diferencia entre ser uno más o alguien referencial. Pero, aunque logró provocar la tarjeta de Mouriño, su pareja de baile, le costó desgajar al Villarreal, equipo generoso en el esfuerzo que le ofrecía al lateral las ayudas pertinentes. Veneno con antídoto.