El equipo de Carlos Corberán, otra vez abucheado, se duerme con el resultado a favor y eso le acaba costando el partido (2-3)
Qué lindo es el fútbol cuando te sonríe, debía pensar Carlos Corberán mientras miraba, después de una buena segunda vuelta, y veía el 1-0 en el marcador. El Valencia mandaba en el resultado y parecía feliz así. No quería nada más. El Celta olió ese conformismo y se lanzó de frente a por su oportunidad. Era el momento de pegarle un mordisco a la diferencia con el Betis, que había pinchado la víspera, y seguir con su buen ritmo. Todo cambió en un pispás con tres goles del equipo gallego para tumbar a un Valencia que se echó a la bartola (1-3).
El viento parecía haber cambiado en Mestalla, donde todo eran buenas caras desde que el Valencia creía haber dejado atrás sus penas. Si hasta la afición, tan severa esta temporada con su capitán, José Luis Gayá, le brindó una ovación cuando recibió de Enrique Saura, histórico exjugador e internacional cuando el Mundial del Naranjito, un reconocimiento por sus 400 partidos. Y así el equipo de Carlos Corberán salió mucho más valiente para achuchar al Celta en su área cuando intentaba sacar el balón. El equipo blanquinegro ya no se sentía torpe y timorato, y demostraba tener ambición, con aspiraciones de viajar a Europa, hasta que Guido, la piedra Rosetta que ha permitido entender a Corberán, marcó el primer gol y toda la afición, pascuera y feliz, se frotó las manos ante lo que podía ser una gran tarde de fútbol.






