Nadie como el escritor Robert Walser supo celebrar las minucias de la vida
Estos días en que se recuerda la muerte de Jesús en la cruz, y luego su resurrección, y las ciudades se llenan de procesiones y las cosas parecen tocadas por un manto religioso, es el momento de salir corriendo y buscar algunos páramos laicos donde también existen formas de tratar con la incómoda sombra de la muerte y celebrar la vida. Se ha vuelto a publicar hace no mucho Paseos con Robert Walser (Siruela), ...
el libro de Carl Seelig donde cuenta las veces que acudió a Herisau, la capital del cantón suizo de Appenzell Ausserrhoden, para sacar a dar una vuelta a aquel extravagante escritor que estaba recluido allí en un manicomio. Se pasaban el día caminando, paraban a comer en alguna tasca o restaurante, bebían unas cervezas o vino, hablaban sobre libros y sobre la vida.
En el paseo que dieron el 20 de julio de 1941, Seelig cuenta que Walser le habló sobre sí mismo. Le dijo: “En mi entorno siempre ha habido complots para rechazar a bicharracos como yo. Siempre se rechazaba, con arrogancia y distinción, todo lo que no tenía cabida en el propio mundo. Jamás me atreví a abrirme paso. Ni siquiera tuve el coraje de echar un vistazo. Así que viví mi propia vida, en la periferia de la burguesía, y ¿acaso no estuvo bien así? ¿No tiene mi mundo derecho a existir, aunque en apariencia sea un mundo más pobre e impotente?”.






