Este deseo de escapar a cualquier precio no da como resultado la libertad, sino la esclavitud de temer al tiempo
Cada año, los días 1 y 2 de noviembre nos invitan a mirar de frente a la muerte. En el calendario católico se honra a los difuntos y a los santos, recordando tanto la pérdida como la esperanza de trascendencia. La fecha hunde sus raíces en la tradición del Samhain celta, que celebraba el retorno de los espíritus, convertida en el Halloween anglosajón y en el Walpurgis germánico. En ellas, la muerte no era un enemigo, ni siquiera un final, sino una transformación: el ciclo de la vida comprendía la oscuridad como parte de la existencia. Hoy, en cambio, hemos convertido la muerte en una afrenta personal. No la integramos, la combatimos. ...
La inmortalidad ya no se busca en los templos, sino en los laboratorios. Así aparecen los nuevos alquimistas del poder que invierten enormes sumas para burlar el envejecimiento. Vladimir Putin impulsa laboratorios genéticos y medicina regenerativa para alargar su vida; en Silicon Valley, millonarios como Peter Thiel, Bryan Johnson o Sergey Brin financian empresas que investigan la reversión del envejecimiento mediante transfusiones de plasma joven, inteligencia artificial y biotecnología que prometen detener el reloj biológico. No buscan vivir mejor, sino vivir más. La muerte, símbolo último de igualdad, se convierte así en un nuevo territorio de desigualdad. El lema no es ya “memento mori”, sino “Don’t die trying”.






