El tercer tentáculo convertido en órgano copulador percibe las hormonas sexuales producidas por el oviducto femenino

En plena oscuridad, el macho extiende su brazo buscando a la hembra. Tanteando, introduce el hectocótilo, como se llama su apéndice sexual, hasta el interior de su manto o cabeza. Con una combinación de tacto que huele y señales químicas, su extremo localiza la ubicación del oviducto. La maniobra es exquisita; en el manto están todos los órganos internos. Entonces, y durante una hora, macho y hembra permanecen inmóviles. Es el tiempo que tiende a durar el trasiego de los espermatóforos (espermatozoides empaquetados) desde el interior de uno al de la otra. Así es como se aparean los pulpos. Ahora, un estudio publicado en Science muestra que esta unión implica un sofisticado juego: la hembra produce progesterona, la hormona femenina clave en la reproducción, que el macho detecta con unas ventosas ricas en terminaciones nerviosas que tiene en su brazo amatorio.

“Los machos tienen el hectocótilo que, si lo miras desde arriba, parece un brazo normal. Pero este, siempre el tercer brazo de la derecha, es un poco especial, que no usan ni para buscar comida, ni para explorar, sino solamente para el apareamiento”, recuerda el investigador de la Universidad de Harvard y primer autor del estudio, Pablo Villar. “Con ese brazo, buscan una abertura que las hembras tienen bajo del manto, y que también tienen los machos, que les permite entrar dentro y navegar entre los órganos internos, incluido el oviducto, que es una cosa muy pequeña, de par de milímetros de diámetro”, añade Villar. En sus experimentos, además, lo hacían a ciegas, ya que colocaron una barrera oscura entre las peceras de macho y hembra.