Servidor público incansable, trabajó siempre guiado por la fe en la humanidad y por la certeza de que es posible construir sociedades más justas

Hay personas que reflejan lo mejor de una sociedad. Que encarnan los valores que nos enorgullece defender como país. Que muestran, con su trayectoria vital, que siempre hay espacio para el entendimiento, por más difícil que sea el empeño y profundas las diferencias a las que hacer frente.

Carlos Westendorp fue una de esas personas. Servidor público incansable, trabajó siempre guiado por la fe en la humanidad y por la certeza de que es posible construir sociedades más justas, más dignas, más abiertas y en paz. Con esas convicciones llegó a la diplomacia. Y desde ellas defendió toda su vida la causa de una Europa unida que fuera ejemplo de progreso compartido entre los pueblos que la habían forjado desde las cenizas de la segunda guerra mundial.

Ese mismo compromiso le llevó a Bosnia y Herzegovina como Alto Representante, cuando las heridas de los Balcanes aún estaban lejos de cicatrizar. Trabajó sin descanso en defensa de la paz y la convivencia entre comunidades en aquella tierra devastada por la guerra. Con tanta entrega que su figura aún se recuerda allí con admiración.