Cortés, afable, sonriente, pero también negociador implacable, el exministro fue protagonista en la fragua de la leyenda de que los españoles éramos los “prusianos del Sur”
Cortés, afable, sonriente, pero también negociador implacable, Carlos Westendorp, fallecido este lunes a los 89 años, hizo mucho: como ministro de Exteriores; eurodiputado; embajador… Pero ha sido sobre todo, durante décadas, oráculo decisivo de los diplomáticos españoles. Un enorme contribuyente, muchas veces en complicidad con su copiloto Javier Elorza, a la estrategia española. Y a los avances de la hoy Unión Europea...
Miembro del equipo negociador de la adhesión desde los últimos años setenta –el famoso grupo de la Trinidad– allegó experiencia en el trato con el exterior-desde-el-exterior. Luego, como primer embajador-representante permanente ante las Comunidades desde 1986 y secretario de Estado de 1991 a 1995, aterrizó con soltura la difícil puesta en práctica del acuerdo de adhesión, cuando este país era aún novato en los vericuetos de Bruselas.
Fue protagonista en la fragua de la leyenda europea de que los españoles éramos los “prusianos del Sur”, en su versión personal más distendida, pactista e irónica. Esa leyenda llevaba doctrina: constancia, transparencia, pedagogía, trabajo en equipo y primacía al consenso.






