El presidente de Swarmer y fundador de Blackwater regresa al primer plano financiero con el éxito bursátil de su apuesta tecnológica para dotar de autonomía a drones a través de la IA
Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha sido un mercenario sin complejos a la hora de monetizar el caos, preferiblemente si este ocurre lejos de las fronteras de su adorado Estados Unidos. El artífice de la privatización bélica durante los años negros de la guerra de Irak, al frente de la siempre polémica Blackwater, de la que fue fundador y presidente, ha descubierto ahora un filón más silencioso y rentable que el estruendo de los fusiles: la fiebre de la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, apuesta tecnológica para dotar de cerebro y autonomía a enjambres de drones a través de la IA, Prince, que la preside, ha logrado lo que parecía un imposible: que Wall Street prefiera ignorar su biografía para centrarse en el potencial de sus algoritmos.
El pasado día 16,Swarmer fijó el precio de su oferta pública de venta (OPV) en cinco dólares por acción. Su debut en el Nasdaq fue un éxito alcista a tal escala que firmó la mejor salida a Bolsa en Estados Unidos en el último año. Antes de que los analistas pudieran parpadear, la acción se disparó un 520% en su primera jornada. En apenas 48 horas, la revalorización rozó el 1.100%, elevando la capitalización de esta joven firma hasta los 670 millones de dólares. Poco importa que la compañía apenas facturara 310.000 dólares el pasado ejercicio o que sus pérdidas superen los 8 millones; en la guerra por la supremacía de la IA, a Wall Street le embelesa más la promesa de un cielo saturado de máquinas inteligentes que los beneficios o ingresos de la firma.







