El manifiesto del consejero delegado de la empresa, Alex Karp, increpa a las grandes tecnológicas a matar por la paz
En marzo de 1934, la revista Fortune publicó un reportaje sobre la guerra, titulado Arms and the Men (Las armas y los hombres), donde explicaba que cada baja enemiga costaba 25.000 dólares. “Cada vez que el fragmento de un proyectil se abre paso hacia el cerebro, el corazón o los intestinos de un hombre en la línea del frente, una gran parte de los 25.000 dólares encuentra su camino...
hacia el bolsillo de un fabricante de armas”. En Vietnam, el precio ya había subido a un millón de dólares por enemigo. Los rifles se habían convertido en helicópteros, bombardeos masivos, y una red logística global.
El reportaje de Fortune denunciaba cómo empresas como Krupp, el mayor fabricante de cañones de artillería pesada y obuses del imperio, vendía “a amigos y enemigos” a través de un entramado internacional de bancos, minas y fábricas como parte de un negocio cuyo “consumidor final” son los propios soldados. Con una interesante particularidad. Como observa de manera astuta Frank A. von Hippel en La era química, el comercio de armas es el único negocio en el que un pedido obtenido por un competidor aumenta el de sus rivales enemigos. “Las grandes firmas de armamento de las potencias hostiles se oponen como pilares que sostienen un mismo arco. Y la oposición de sus gobiernos hace su común prosperidad”.







